martes, junio 15, 2010

RETRATO (2)

Hay una diferencia entre el pintor y yo: yo sé que él me está pintando, pero él no sabe que yo lo estoy pintando a él. Suena la radio: esa música ramplona que dejamos sonar cuando lo que pretendemos no es deleitarnos con tal o cual repertorio musical, sino simplemente llenar un silencio que enfatiza demasiado el paso del tiempo y la soledad. J.A.M., lo he constatado otras veces, pinta siempre con la radio encendida. No creo que la escuche, aunque lo cierto es que incluso a ratos hace amagos de silbar la melodía de turno; tarea que encomienda, supongo, a alguno de esos subsistemas nerviosos encargados de funciones tales como la digestión o la producción de hormonas...

Pero ojo, que ahora se levanta y retrocede unos pasos, para comprobar el efecto de conjunto de lo ya pintado. Se me ocurre que, aunque no le he dicho que yo también lo estoy "pintando", lo intuye, y por eso "posa" de pintor. Tampoco me extraña: uno de los rasgos más destacados de este hombre es, sin duda, la fidelidad a su propio personaje. Viste siempre de la misma manera: pantalones amplios de tonos neutros (marrón, beige), camisa a cuadros sobre fondo blanco, chaleco verde... Prendas buenas, de marca, que J.A.M. lo mismo usa para pintar que para ir al trabajo o para cultivar su huerta, sin que le importe que se manchen de barro o pintura. Se diría que las elige de buena calidad por eso: para que resistan el ajetreado ritmo de vida que les impone. J.A.M., como otros pintores que conozco, se caracteriza por su temperamento hiperactivo. Siempre está haciendo dos cosas a la vez (y ahora caigo que ésa es la función de la radio mientras pinta: proporcionarle esa segunda cosa en la que ocuparse mientras se dedica a la principal). Cuando no pinta, cocina, cultiva la huerta, ve partidos de fútbol en la televisión o participa en la liga local de pádel... En todos esos frentes proyecta su sociabilidad expansiva, engancha a gente, invita, organiza comidas, propone compras masivas de viandas o de vino... J.A.M. vive en medio de un torbellino. Y, como no hay torbellino que no tenga su centro inmóvil, el del suyo es la pintura. Sólo se le ve tranquilo cuando pinta; y podría decirse que, si le faltara la pintura, toda esa fuerza actuaría como una centrifugadora y el resultado sería la absoluta dispersión. "El ruido, el viento que golpea / contra los ventanales, los ladridos / y el galopar furioso de las bestias / en el despeñadero" escribí sobre él, sobre esa latente dispersión suya, en el poema que le dediqué en mi Diario de Benaocaz. Pocas personas, por cierto, se habrán mostrado tan entusiastas como él respecto a este librito mío, y eso a pesar del hecho indudable de no haberlo leído, porque (eso también lo tiene en común con la mayoría de los pintores que conozco) imaginarlo sentado leyendo un libro es tan inconcebible como la idea de una tormenta inmóvil o un ciclón en reposo.

Mientras he ido escribiendo las líneas precedentes se diría que se ha olvidado del doble juego al que me refería al principio: ya no posa, ya no hace gestos convencionales de pintor. Sus movimientos se han ido haciendo más rápidos y todo su cuerpo ha adquirido un extraño dinamismo, como de contorsionista o bailarín: lo mismo se agacha para dar una pincelada en la parte baja del lienzo que se estira para cazar, se diría, una mosca al vuelo en las regiones altas del mismo, haciendo en medio un quiebro para tomar pintura de la paleta situada en la mesita que tiene a su derecha. También lo veo, a veces, ponerse la mano a la altura de las cejas, a modo de pantalla, para contrarrestar el contraluz de la ventana que tengo a mi derecha, contra la que se recorta mi figura. Es divertido que alguien situado a apenas dos pasos de ti haga todas esas contorsiones sólo para verte. Pero no digo nada.

Mientras tanto, yo también he ido cogiendo carrerilla. Hay un momento en la escritura que participa de ese gozo físico que uno imagina aparejado a otras artes: cuando uno, olvidado de sí mismo, de la incomodidad de la silla en la que está sentado, de las propias manos con las que acciona las teclas, se ha dejado absorber por completo por la propia corporeidad física e imaginativa que va alcanzando lo escrito. Imagino que, en ese instante, uno también se contorsiona y hace morisquetas, como el pintor. Uno deja de posar. Uno ya no pretende "ser" escritor o que lo tomen por tal. Uno vive la escritura, como otros viven la pintura, la música o la danza. Uno también busca su centro inmóvil, antes de que las fuerzas centrífugas de todo lo demás lo empujen a la dispersión... Y paro aquí, porque me doy cuenta de que mi propósito de retratar al pintor ha derivado a autorretrato. Y eso es tanto como hacerle el trabajo.

3 comentarios:

Alejandro Pérez Ordóñez dijo...

Parece que caza moscas, pero sin duda captura esencias (también al vuelo, por supuesto).

Casiano dijo...

Bueno. Yo debo ser la excepción, Un pintor que lee por temporadas más que pinta. Sin pedantería.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hay excepciones, por supuesto. El gran Ramón Gaya era una de ellas: pintor y finísimo escritor (lo que presupone un gran lector).

De todas maneras, no critico esa inquietud que lleva a algunos artistas plásticos a soslayar el sedentarismo contemplativo de la lectura: hay quien no lee y, en cambio, sabe escuchar, por ejemplo, que es una modalidad de la observación.