jueves, junio 10, 2010

UNA MONEDA ARROJADA CONTRA UN MURO

Leo la amplia semblanza de la deportista Lilí Álvarez que se incluye en la biografía de Carmen Laforet de la que me vengo ocupando últimamente. Después de una vida de triunfos deportivos y éxito mundano por toda Europa, regresó a España en 1931, recién proclamada la república, como enviada especial del Daily Mail. Y quien podría haber sido un símbolo de la nueva mujer española, moderna y libre de prejuicios, se encontró con que había quien no le perdonaba su pasado mundano y sus relaciones con la aristocracia europea; hasta tal punto que la diputada radical-socialista Victoria Kent se permitió increparla en los pasillos del Congreso... Lilí Álvarez regresó a su mundo, y no volvería a España hasta después de la guerra civil, para constatar que tampoco gozaba de las simpatías de los nuevos dueños de la situación: el propio general Moscardó firmó la orden de inhabilitación por la que se le prohibía participar en competiciones deportivas nacionales, después de que la internacionalmente reconocida tenista y esquiadora protestara del trato denigrante que el jurado de cierto torneo de esquí daba a las participantes femeninas... Es un buen ejemplo de lo que una persona de mérito y con espíritu independiente podía esperar de unos y otros. Y un argumento más a favor de esa "tercera España" que no se cansa uno de postular, después de haberse hastiado definitivamente de las otras dos... y de sus incontables partidarios.

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Unos gruesos goterones empapan en unos instantes mi fino pantalón de verano, al mismo tiempo que un viento húmedo y frío me lo ciñe a las piernas. A este súbito acceso de mal tiempo le bastan unos minutos para convertirme en un pobre hombre desabrigado y urgentemente necesitado de cobijo. Y me acuerdo de cierto viaje que hice hace unos años a Madrid en mayo, en una de esas primaveras precoces que súbitamente se repliegan ante los coletazos del invierno. Hube de entrar en unos grandes almacenes a comprarme un anorak, que no bastó para hacerme entrar en calor. Viajaba uno "ligero de equipaje", como quien dice. Y eso sólo es posible hacerlo desde la inadvertencia -que era mi caso entonces- o desde el despojamiento absoluto -que también lo era, aunque por otros motivos-.

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"No creo que tengas más de cuatro o cinco años más que yo", le digo a esta compañera que presume de veteranía. Ella hace el cálculo. Y sonríe, complacida, lo que quiere decir que le acabo de hacer un cumplido. Igual podría haber errado el tiro, porque, ante ciertas mujeres maduras, esto de calcularles la edad se parece a ese juego consistente en arrojar una moneda a una pared: puede uno quedarse corto; pero, si te excedes en la fuerza del tiro, la moneda rebota contra el muro y el resultado es todavía peor.

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