lunes, junio 21, 2010

VOYEUR

Empleamos parte de la tarde del domingo en ver El hombre de la cámara de cine, de Dziga Vertov. Una experiencia extenuante, todo hay que decirlo, y muy apropiada para sacudir la atonía de estas tardes que preceden la vuelta al trabajo. El placer de mirar, podría decirse. Y de verse a uno mismo como una vertiginosa coctelera de cosas vistas. El cine, debía pensar Vertov, es asunto de voyeurs, de gente que disfruta mirando, no ya el acto sexual, tan previsible, sino la inmensa variedad de caras, movimientos, vehículos, calles, carteles, detalles, etc. que un día cualquiera pone ante los ojos de uno. La cámara, si acaso, enfatiza la mirada, dota a cada imagen de un peso específico, de una significación. Más o menos como la palabra: lo nombrado -lo filmado, en este caso- inmediatamente nos plantea la pregunta de qué significa esa mención o esa captación. Vemos una multitud en una playa y nada parece llamarnos la atención; pero la mirada -la cámara- se fija en una mujer que se unta barro para refrescarse la piel y ya nuestros ojos y nuestro gesto han convertido a esa mujer no ya en objeto de nuestra mera atención -que también-, sino en objeto de deseo. De un deseo que busca apropiarse de sus objetos con sólo mirarlos.

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Por la mañana, como para preparar el ánimo para la experiencia de la tarde, paseamos por la playa. Digo "paseamos" porque el áspero viento norte no permitía hacer otra cosa: ni bañarse, por supuesto, ni apenas detenerse, a riesgo de empezar a tiritar de frío. No había mucha gente. Pero esa dispersión, extendida al puñado de kilómetros lineales que tiene la hermosa playa de Cádiz, daba como resultado una suma que podría estimarse en varios miles de personas: un punto cada una, un objeto en reposo o en movimiento, una historia determinada por la edad de cada cual, su modo de vestir o ir desvestido, su grado de autoconciencia ante la relativa desnudez en que andábamos todos. Guapos, feos, gordos, flacos, discretos, exhibicionistas, acalorados, ateridos, en movimiento o parados, empequeñecidos por la distancia o agrandados por la cercanía gradual. Previamente habíamos dudado si ir al cine, como hacíamos antes, a una matinée. Pretexté mi vista cansada, urgentemente necesitada de un día al menos de reposo, después de los excesos burocráticos a los que la vengo sometiendo en este ajetreado fin de curso. Creo que mereció la pena. Ninguna película puede ser tan interesante como este mero desplegarse de un horizonte que cambia ligeramente según recorre uno la curva de la playa, el desfile de personas, la alternancia de sol y nublado, las sensaciones a flor de piel.

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Esta tranquilidad debe de tener algo que ver con el hecho de haber terminado la revisión de mi novela hace unos días. Queda una última lectura, que reservo para los meses de julio y agosto. Hago repaso de los libros que tengo pendientes. La novela, para octubre; dos tomos de este diario, uno entregado ya, otro en proceso de montaje; una selección de los artículos publicados desde 2006, para la que todavía no tengo editor; un tomito de relatos del que ya tengo escritos los tres primeros... Sin contar, en fin, la novela ya escrita que debía completar la trilogía de la que formaban parte La raya de tiza y Las islas pensativas, y que sigue inédita; o los libros por escribir: la novela que ha de seguir a la ya casi terminada; la que quiero escribir a partir de un cuaderno de recuerdos que me confió mi madre; la que quisiera hacer, como divertimento, sobre P., el perro loco de Benaocaz, a la manera de Flush, de Virginia Woolf; y el libro de poemas del que todavía no he escrito un solo verso, pero del que ya siento la necesidad y el impulso. Terminar todo esto. Casi me agoto de sólo pensarlo.

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