martes, julio 20, 2010

ALUVIÓN

Una vez más, en el "mercadillo de intercambio" que organiza la biblioteca municipal para deshacerse de los fondos descatalogados. Lleva uno un par de libros de reciente publicación y puede canjearlos por otros dos de los allí expuestos. Y como en esta casa hay permanentemente una población flotante de varias decenas de libros que uno no cree que vaya a leer jamás, formada sobre todo por los que me envían del suplemento, doy por bienvenida la ocasión de deshacerme de algunos.

No es fácil: en las primeras ediciones de este mercadillo todavía podían encontrarse pequeños tesoros, que no se explicaba uno cómo habían sido objeto de expurgo. Tengo entre mis libros más preciados, por ejemplo, la Antología de poesía norteamericana de Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho, de la que encontré un ejemplar en excelente estado en la primera edición. Podría enumerar otros títulos igualmente inencontrables, felizmente hallados en esta mesa de desahuciados. Ya no. Ya los hallazgos, si se dan, aparecen muy disimulados entre las hileras de colecciones de quiosco prematuramente amarillecidas, en las que no faltan nunca títulos de interés que uno, sin embargo, no se siente uno animado a llevarse a casa, porque ya la vista de uno no es lo que era, ni tiene uno paciencia con el papel malo y quebradizo o con las ediciones feas...

Sin embargo, por no volverme a casa con los dos libros que llevaba bajo el brazo, los cambio por dos libros a cuya manifiesta fealdad se sobreponen las expectativas que tengo respecto a su lectura. Uno, encontrado en la mesa de los recién aportados por los visitantes, es la primera entrega de los Diarios de Arcadi Espada. Yo conocía la segunda, de cuya presentación en Cádiz escribí en su día una cuartilla. Esta primera, referida al año 2001, es incluso mejor: los asuntos se han enfriado aún más, y las aceradas críticas de Espada a los usos del periodismo contemporáneo ganan por ello en distanciamiento y generalidad. Lo devoré entero por la tarde, de una sentada: el texto dedicado a una periodista catalana que se disfrazó "de turca" para estudiar las reacciones de la gente es una pieza maestra de crítica al amarillismo y al sensacionalismo periodístico; y las páginas dedicadas a las reacciones del diarista a los acontecimientos del 11 de septiembre, un magistral registro del desconcierto que nos embargó a todos en ese día aciago, tamizado por la mirada crítica que Espada sabe imponer incluso a sus reacciones emocionales. Es extraño que el lector que poseyó este libro haya querido deshacerse de él. Sin embargo, lo entiende uno: se lee con tanta facilidad, y su mensaje resulta tan incuestionable, que apenas hay lugar para una segunda lectura; y más, si el libro se ha leído al calor de los hechos y se tiene la (falsa) impresión de que su vigencia ha caducado con la de los hechos.

He aquí, pues, mi hallazgo del día. El otro, para completar el cupo de dos, es un ejemplar de El amigo manso de Galdós, que leeré en uno de esos felices intervalos de lectura libremente elegida que logro intercalar entre mis ya demasiado onerosos compromisos. Creo que volveré un día de éstos, por curiosear entre lo que ha ido llevando la gente, o para completar mi colección galdosiana, que es una de las vetas más seguras que se pueden explorar en estos aluviones de materiales diversos, arrojados a esta orilla por uno más de los muchos azares a los que están expuestos los libros. Y aún puedo alegrarme: todavía no he encontrado en ellos ningún título mío (aunque sí una antología, ay, en la que había un relato firmado por mí).

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