miércoles, julio 14, 2010

AUTOMAT

Releo el artículo de Camba del que me acordaba ayer a propósito de mi apunte sobre Easy Living, la estupenda comedia de Mitchell Leisen con guión de Preston Sturges. Artículo y película, decía, coincidían en dedicar una misma mirada de divertido asombro a una realidad cuya rareza seguramente pasaba desapercibida a sus usuarios inmediatos. O, como lo explica Camba: lo asombroso es que muchos neoyorquinos no van al Automat, al "restaurante automático", a divertirse, sino... a comer. Previamente, para que entendiéramos de qué estaba hablando, describió cumplidamente el restaurante y su funcionamiento: "A todo lo largo de las paredes, los manjares más diversos y las comidas más varias yacen en unas urnas de cristal. En una sección de quince pequeños departamentos hay un letrero que reza: "Panes". En otra de treinta se lee: "Pastelería"(...) Yo voy, vengo, doy vueltas y más vueltas, y cada vez que una cosa me apetece echo en la ranura los níqueles necesarios, y se produce el milagro". Leisen/Sturges vieron lo que este curioso negocio tenía de juego, y lo utilizaron en la película, explorando las posibilidades de un altercado en el Automat, en el que las urnas se abrieran todas a la vez y una turba de vagabundos asaltara el local... Y también para facilitar nuestra comprensión de la comicidad del suceso, previamente nos mostraron las urnas y secciones de las que nos hablaba Camba, y el funcionamiento del "milagro". Es una manera de concebir la literatura -y el cine-: el texto debe ser autosuficiente, no dar por sabido cosas que el lector o el espectador no tienen por qué conocer, o que exigirían una engorrosa nota a pie de página, como la que me aclaró, la primera vez que leí a Dos Passos, qué era el Elevated de Nueva York... Hay un cuento, por cierto, de Cheever en el que un dramaturgo provinciano que ha ganado un concurso viaja a Nueva York con su familia y tiene la novelería de comer repetidamente en un Automat. Comprendemos la novelería, pero no llegamos a visualizar adecuadamente en qué consiste la gracia del sitio, no vemos al hombre y a su familia corretear emocionados de urna en urna y echar moneditas en las ranuras.

Esta reflexión, naturalmente, tiene un motivo. En la novela que ando terminando el adolescente protagonista, en sus ratos libres, hace de aprendiz de su padre, que es escayolista. Conozco bien ese oficio, que es el de mi propio padre, al que yo ayudaba en sus chapuces para ganarme algún dinero. Hay capítulos de la novela cuyo tempo viene marcado por los laboriosos y delicados tejemanejes de este oficio, que es absolutamente necesario describir... Y recuerdo, a propósito de esta necesidad descriptiva, un comentario que oí una vez a los contertulios de Garci en Qué grande es el cine, a propósito de lo que ellos consideraban una característica permanente del cine clásico americano: su tendencia a enseñar el know-how, los pormenores de las actividades a las que se dedican los protagonistas, ya sea cuidar ganado, construir rascacielos (El manantial) o mostrar la vida de un jugador de billar (El buscavidas). Cernuda reconocía su deuda con el profesor que le enseñó que un poema debe tener un "asidero plástico". Yo, humildemente, reconozco la mía con estas lecciones del buen cine.

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