jueves, julio 22, 2010

BENÉFICOS

Ser “justos y benéficos” era una de las obligaciones que la constitución liberal de 1812 imponía a todos los españoles. Y no otro podría ser el objetivo de cualquier legislación progresista: lograr un mundo de hombres buenos, para sí mismos y para el prójimo. No es tarea fácil, y muchos diríamos que ni siquiera parece factible. Otros, más desengañados respecto a la condición humana, dirían incluso que esa meta ni siquiera es deseable, porque el resultado se parecería mucho a esas frías utopías en las que la libertad humana no cuenta. Que el hombre no es siempre benéfico, ni para sí ni para los demás, parece un hecho probado. Y también, que de esta desalentadora evidencia se derivan consecuencias positivas y negativas. Entre las primeras, la infinita capacidad del hombre para transformar sus debilidades en otros tantos estímulos para la innovación y la creatividad. Un hombre sano, como seguramente lo eran los de Neandertal, caza un mamut a garrotazos y lo devora a bocado limpio. Un hombre permanentemente ahíto se estremecerá de placer por el estallido en su boca de una simple burbuja aromatizada, perpetrada por un cocinero alquimista. Entre uno y otro extremo, siglos de civilización, de lento refinamiento de los sentidos, de vaivenes entre la escasez, que obliga a satisfacciones inmediatas y elementales, y la abundancia, que introduce la posibilidad de elegir.

A lo mejor ser “benéfico” significa simplemente eso: saber elegir lo mejor, para uno y para los demás, y que esa elección nunca vaya en detrimento de lo que en justicia corresponde a otros… Leo que las comunidades autónomas quieren prohibir la venta de bollería y refrescos en los colegios, que el presidente del gobierno quiere eliminar de los periódicos los famosos “anuncios por palabras” en los que las prostitutas ofrecen sus servicios, que el de la Junta intenta promover, por un propósito igualitario, la vuelta al uniforme escolar. Todos esos objetivos me parecen muy loables; como me lo pareció, en fin, que una ministra cuyo nombre no recuerdo quisiera prohibir la venta de hamburguesas gigantes, y que otra (o quizá era la misma) quisiera gravar con impuestos disuasorios el consumo de vino. Nuestras autoridades están empeñadas en que todos seamos “justos y benéficos”, especialmente en lo que a hábitos salutíferos se refiere, aunque sea a golpe de decreto. Hay otros medios, quizá: una educación digna de ese nombre; el ejemplo depurado por parte de las clases dirigentes; la observancia estricta de las leyes (las hay) que ponen límites a la zafiedad y el ruido; el respeto a la privacidad y la intimidad. Con todo eso, a lo mejor lográbamos una ciudadanía menos dispuesta a embrutecerse y un poco más respetuosa con el prójimo. Lo otro, la hipocresía ordenancista de los puritanos de turno, más bien puede conseguir lo contrario.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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