martes, julio 13, 2010

EASY LIVING

Intento cubrir en una piscina abierta la misma distancia que habitualmente recorro en mis sesiones de natación en piscina cubierta. Y, para mi sorpresa, me agoto mucho antes. Se lo comento a mi monitora, que me explica que la musculatura se contrae ante la frialdad del agua, por lo que, en una piscina no acondicionada, nadar requiere un esfuerzo mucho mayor. Pero lo curioso del caso es su traducción a meras sensaciones: la de que el agua fría resulta mucho más dura que el agua templada, y que, por tanto, ofrece mayor resistencia al avance. También ocurre con el aire: la sensación, algunas mañanas de invierno, de que éste es una sustancia sólida que opone resistencia a nuestro paso. Y las consecuencias morales de todo ello: la impresión de que algunas veces el propio medio físico en el que nos movemos nos resulta tan hostil como el medio humano.

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Por lo mismo: la sensación de plenitud que se experimenta después de nadar cuarenta y cinco minutos, tras varias horas de atadura al banco de galeote que supone el ordenador. Que también, a veces, ofrece una extraña resistencia al avance, como el agua fría. Escribir: nadar en agua helada, con los músculos agarrotados, hasta alcanzar ese momento ideal en el que se logra la aclimatación al medio hostil y se avanza sin aparente esfuerzo.

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Las comedias de Mitchell Leisen: Medianoche, Si no amaneciera, Una chica afortunada... Presuponen un mundo donde el glamour y la inconsciencia, que son el medio natural del género, no ocultan que existen otras realidades. Esa conciencia sólo la tuvieron los cineastas que capearon la Gran Depresión. Y que mantenían, respecto a su entorno, una cierta capacidad de extrañeza. Pienso en la escena de Una chica afortunada (Easy Living), en la que los protagonistas se conocen en un Automat, un local de la famosa cadena neoyorquina de restaurantes de autoservicio. Julio Camba escribió sobre ellos, y ahora se me ocurre que es muy posible que fueran éstos los que le sugirieran el título de su libro sobre Nueva York, La ciudad automática. La mirada que el norteamericano Leisen -y su guionista, Preston Sturges- proyecta sobre estos curiosos locales no difiere mucho de la de nuestro genial gallego: la película los presenta como un ámbito en el que el naturalísimo acto de comer aparece desvirtuado o mediatizado, y ejerce sobre la concurrencia la misma violencia antinatural que los ritmos de la maquinaria imponían al desafortunado protagonista de Tiempos modernos.

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