martes, julio 06, 2010

ESCRUTINIO (2)

Sigo con el escrutinio de los libros de poesía leídos en los últimos meses y todavía sin colocar en sus respectivos estantes. Uso este cuaderno para anotar una última impresión de lectura, o una simple huella mnemotécnica a la que poder confiarme cuando el tiempo haya obrado su efecto. A ello añado el gesto burocrático de ponerles mi ex-libris. No deja uno de ser, al fin y al cabo, un bibliotecario vocacional. Mi casa es una biblioteca. Y la certeza de que estos libros han de sobrevivirme, y que su destino, como el de todas las bibliotecas que ha juntado la vanidad humana, es la dispersión, no deja de resultarme algo contradictoria en relación a estos afanes. ¿Qué manos volverán a sostener, por ejemplo, este tomito de poesías de Maragall que tanta ilusión me hizo encontrar en una caseta benéfica de la Feria del Libro de Cádiz esta primavera? Tendrá que ser alguien que lea catalán al menos en la intimidad, como decía hablarlo aquel político; porque lo que son las traducciones, confiadas a todo un elenco de nombres más o menos conocidos de la poesía española, son muy decepcionantes, excepción hecha de alguna que firma Dámaso Alonso, por ejemplo.

Las mejores traducciones de poesía son las que traicionan abiertamente el original, porque a través de ellas se abre paso una voz que tiene algo que decir y encuentra que el poeta traducido ha recorrido ya buena parte del camino que el traductor pretende recorrer ahora. En ese sentido, una buena traducción siempre va un paso más allá -no mucho más- que el original. Es lo que hace, por ejemplo, Juan Bonilla en Cháchara, otro de los libros que me dispongo a sellar y guardar ahora, y que incluye una sección titulada "Imitraiciones", en la que recrea acertadamente a nuestro común paisano Fernando Quiñones, se burla de Ernesto Cardenal y desenmascara, a la vez que homenajea, los trucos de Quim Monzó y el desgarro algo impostado de algunos poemas de Gil de Biedma.

Y ya que estoy con libros de amigos y conocidos, pongo también el sello a Y ningún otro cielo, de Abelardo Linares, del que anoté algo en este cuaderno hace unas semanas. Añado ahora que una de las cosas que me ha gustado de este libro, desde un punto de vista estrictamente técnico, es que hunda sus raíces en un momento de la historia de la poesía europea que me es especialmente grato por lo que tiene de ambiguo y movedizo: la protovanguardia, la promoción de poetas que se formó en el simbolismo y desbordó ampliamente los presupuestos de este movimiento, en busca de un lenguaje más contemporáneo; pero sin sobrepasar ciertos límites de, digamos, comunicabilidad poética. Poetas como Paul Morand, por ejemplo, con su fascinación por el viaje y la nueva modernidad urbana, y su modo de constatarlo mediante poemas de una arrebatada visualidad, hechos de enumeraciones que, más que agotar su materia, parecen sugerir que ésta es infinita, y que lo que el poeta alcanza a acotar de la misma es sólo una pequeñísima parte.

Tiene también un toque de primera vanguardia el diseño de los libritos de Siltolá, de los que ahora paso a guardar el de Pilar Pardo, Temporada de fresas, y el de Tomás Rodríguez Reyes, El huerto deseado, junto con el primer número de la excelente revista de la casa, Isla de Siltolá. Un síntoma, supongo, de que me hago viejo es que proyecto una mirada restrospectiva sobre cosas que tienen más que ver con el futuro que con el pasado. A mí los libros de Siltolá, la impresión de frescura y juventud que causan, me recuerdan el florecimiento editorial de los años ochenta, en el que tuve la suerte de dar mis primeros pasos. Hacía tiempo que no surgía una iniciativa editorial como ésta, exclusivamente volcada a la poesía y con la mira puesta en descubrir nuevos valores. El único caso semejante, quizá, podría ser el de la también muy meritoria colección de Númenor; sólo que esta última lleva demasiado a gala mantener una línea poética e ideológica muy determinada, mientras que Siltolá, siendo una colección claramente de tendencia (como lo fue en su día Renacimiento, por ejemplo, ahora más ecléctica), no ha terminado de definir en qué consiste esa aspiración, no se ha autoimpuesto un ideario previo, y ha encomendado esa difícil tarea a los autores más o menos afines que ha ido espigando en blogs, tertulias, talleres de poesía, etc.

De nuevo, se me acaba el tiempo. Mañana Rosales, Juan Ramón, los libros que traje de Londres.

2 comentarios:

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Al menos, en tu donoso escrutinio,no ha terminado uno en el fuego. Gracias y salud, siempre.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Ni por asomo, Tomás. Realmente, de los libros que he mencionado, ninguno ha acabo en el fuego. Se supone que quienes me los mandan me conceden un cierto grado de afinidad, que en tu caso es absoluta. Un abrazo.