viernes, agosto 20, 2010

LA FRESCA

Igual que uno es más partidario de otoño o la primavera que del verano o el invierno, lo es más de las horas frescas del día –las primeras de la mañana, las que siguen a la puesta del sol– que de las centrales. Y, puestos a elegir, más de las matinales que de las vespertinas, porque son las horas en que todavía duermen los vencidos por la noche en blanco, los partidarios de la oscuridad y el ruido (uno lo fue, ay, en tiempos no lejanos), los que pasan directamente de la sábana sudada a la tumbona contemplativa bajo un sol de justicia. De todo tiene que haber en este mundo; y, como somos tantos, mejor que la población se reparta equitativamente las horas del día, y cada uno elija para sus quehaceres o sus ocios la que más de acuerdo esté con su carácter. La mía, la primera de la mañana; la hora en que se levantan las barajas de los comercios y en la calle sólo están los adultos con responsabilidades caseras o familiares, que han salido a hacer la compra; porque los otros, los desocupados y los adolescentes, no han despertado aún.

La mayoría de mis convicciones optimistas deriva de esta hora bienaventurada; porque, si me basara en lo que constato en las otras –el ruido, la avidez, el exhibicionismo–, mi visión del mundo sería absolutamente desesperanzada. Hay días que se enderezan desde el momento mismo en el que, de camino a mis quehaceres, paso por delante de un modesto quiosco y veo que su propietario se ha levantado antes que yo y ya ha desmontado los cierres de su establecimiento y colgado de las paredes del mismo la panoplia de periódicos, la muestra de los helados, la bandeja de chucherías. A esa hora intempestiva es poco probable que la ganancia sea grande. Y es seguro que en el propio entorno de este hombre honrado y animoso habrá quienes le reprochen el esfuerzo. ¿Para qué te levantas tan temprano?, le dirán. ¿Merece la pena vender cinco periódicos o media docena de chicles para fumadores? ¿Por qué no haces como otros, te levantas tarde, te quejas de lo mal que está todo, te escudas tras tus achaques, pisas al prójimo, alargas la mano para beneficiarte de la sopa boba? Él mismo puede que se haga esos reproches, y que de puertas afuera verbalice, para quien lo quiera escuchar, el eterno discurso de la insatisfacción y la queja. Pero se atiene uno a los hechos: el quiosco está abierto y en la calle desierta hay un principio de actividad y vida, al que uno se suma de buena gana.

A esos indicios benéficos el verano suma, a esta hora temprana, la bondad del clima. Es la fresca, la hora que los más diligentes aprovechan para solventar sus asuntos, y en las que los contemplativos sobrevenidos, como quien esto escribe, disfrutan de la ilusión de una vida ordenada y beneficiosa. Luego llega el calor y encrespa los ánimos. Pero uno ya se ha blindado contra esa eventualidad.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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