viernes, julio 30, 2010

LA RED

“La red” no era hace cuarenta años lo que hoy. Internet no existía, ni se intuía. “Niño, coge la red y ve a comprar una casera”, me decía mi madre. Y uno no se decidía, porque le daba mucha vergüenza lucir por la calle ese objeto de uso casi exclusivamente femenino, y pasar en actitud de recadero delante de los grupos de chiquillos desocupados y malintencionados que campaban por la barriada. La red, se entiende, no era sino la bolsa de malla de nailon en la que se llevaba la compra. Daban mucho de sí esas redes. En una sola red cabía la provisión diaria de frutas y verduras, los pequeños envoltorios sanguinolentos que contenían los alimentos de mayor enjundia, la botella de vino, la lata de atún. Las economías domésticas eran transparentes: veía uno pasar a la vecina con su red repleta y sabía qué se iba a comer ese día en esa casa. Otra cosa, ya digo, era que a uno le asignaran la tarea de salir a la calle con la red, que solía ser verde o azul e ir rematada por grandes aros de plástico macizo, a modo de asas. Tenía la red un cierto parecido con los aditamentos de los trajes de flamenca. Y uno, cargado de timideces y prejuicios, prefería llevar la compra en la mano antes de dejarse ver con ese airón en la mano, como una corista destocada.

Supongo que el éxito de las bolsas de plástico desechables se debió en parte a esos prejuicios. La bolsa de plástico era neutra. Un señor hecho y derecho podía pasar por delante de la frutería y salir de ella con una elegante bolsa de plástico en la mano, sin comprometer su dignidad. Era, además, una reafirmación del creciente individualismo. Salía uno a la calle en actitud de hombre sin obligaciones, con las manos vacías, y podía volver a su casa, si así se le antojaba, con una onerosa compra metida en sus correspondientes bolsas, proporcionadas por los propios comercios. La contrapartida fue que empezaron a verse bolsas desechadas por todas partes, y que el mundo entero se convirtió en un vertedero multicolor y volandero, hecho de bolsas infladas por el viento, de bolsas flotantes, de bolsas semienterradas en la tierra o prendidas de las ramas de los árboles.

Para conjurar esta nefasta consecuencia, leo, las autoridades quieren promover la desaparición paulatina de las bolsas de plástico y la vuelta a las tradicionales cestas o redes de la compra. La decisión me llega en el momento oportuno. Uno ha superado ya, no sólo las timideces de la infancia, sino también las ilusiones que se hacía respecto a ese individualismo despreocupado. La sociedad entera, quizá, anda desengañándose de lo mismo. Como todo lo superfluo, las bolsas de plástico eran símbolo de una época de optimismo desenfrenado. Ahora estamos en otra tesitura. Y vuelve la red, que es como decir que vuelve el sano menudeo, la predeterminación, la transparencia. Y el desamparo, ay.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Olga B. dijo...

Sin duda, el plástico es el símbolo de una epoca. La frontera del milenio está envuelta en él. Suave y barato, democrático; hoy brilla y mañana mancha.
Es curioso pensar en las anécdotas personales como símbolos. Una de las pocas herencias que dejó mi abuela, junto a sus sábanas de hilo primorosamente dobladas, fue una extraña colección de bolsas de plástico eterno. No será tan fácil acabar con él, te lo aseguro;-)
Y no sé si esta red durará tanto como el plástico.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Olga, por esta visita veraniega. ¿Habrá algún museo para recordar las bolsas de plástico -algunas, con diseños inconfundibles- cuando éstas se pierdan? Esta red, como todos los artefactos tecnológicos, parecerá una antigualla mucho antes de lo que nos creemos, y nos parecerá increíble haber sido entusiastas usuarios suyos.