viernes, julio 02, 2010

SEGUNDO Y ROSITA

Pasé yo también ante el escaparate de Segundo y Rosita, el centenario establecimiento fotográfico gaditano. Y me detuve, como tantos, ante las viejas fotos que el dueño del negocio ha decidido exponer en sus escaparates para despedirse del local que ha ocupado hasta hoy. Se muda de allí, sabemos, por discrepancias con el titular de la finca, que no es sino la Junta de Andalucía. Llama la atención la cantidad de infortunios que el ciudadano particular, e incluso el ciudadano con una historia notable a sus espaldas, debe a las administraciones públicas... Pero este artículo no quería referise a eso, sino al material expuesto en dichos escaparates que no son tales, sino ventanas ordinarias convertidas en vitrinas, porque el local en cuestión data de cuando el comercio no lo fiaba todo sólo a las apariencias, y no recurría, por tanto, al exhibicionismo chillón al que se ve obligado hoy.

En esas ventanas-vitrina ha colocado el dueño algunas fotos espigadas de sus archivos. Vistas de la ciudad, fotos de comuniones y bodas, retratos de recién nacidos, o de adultos que posan para la posteridad… Tienen ese aura que Baudelaire echaba ya de menos en el ciudadano de mediados del siglo diecinueve, urbano y burgués, y que, según él, sí tenían sus antepasados. Lo que no sabía el poeta francés es que esa pérdida no fue absoluta ni ocurrió de una sola vez, sino que sigue produciéndose desde entonces y es sólo apreciable cuando, como ahora, nos es dado enfrentarnos cara a cara con nuestros predecesores y con su modo de estar en el mundo. En su día, quizá, esos personajes retratados no se distinguían demasiado de quienes los veían desde la calle. La maledicencia gaditana llegó incluso a decir que esas fotos del escaparate eran las de quienes no las habían pagado. Supongo que esa leyenda urbana carece de fundamento. Más bien sería lo contrario: quienes se costeaban esos reportajes y retratos se sentían orgullosos de que todo el mundo los viera y reconociera la cuantía del dispendio y la relevancia social del acto (boda, comunión, etc.) que inmortalizaban. La vida se contaba en retratos, y una vida completa y feliz era la que contaba con un álbum completo, en el que no faltara ninguna de las fotos relevantes. Porque si se echaba de menos alguna de ellas, eso quería decir que algo había fallado por el camino.

Dicen que entre quienes se paran ante este escaparate suelen formarse corrillos que discuten la identidad de los retratados. La discusión es innecesaria. El tiempo, que es siempre justiciero, borra todas las diferencias. ¿Ve usted a ese tipo de los grandes bigotones, al de la guerrera de botones dorados, al niño que posa sobre un almohadón? Les pasa lo que al retrato de Gertrude Stein que pintó Picasso: no son nosotros todavía, pero ya el tiempo se encargará de que nos parezcamos a ellos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz
Foto tomada del blog Memoria de Cádiz

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