jueves, julio 15, 2010

SEÑUELOS



Marea alta; o, como decimos en Cádiz, marea llena, que se traduce también en una reducción de la superficie de playa sobre la que se distribuyen los bañistas. Resultado: sensación de indeseada promiscuidad. Desde mi posición puedo leer el título del libro que lee una muchacha situada frente a mí (el último de Dan Brown), oír la conversación de los dos matrimonios que tengo detrás, asistir -del todo involuntariamente, y haciendo verdaderos esfuerzos para que mi mirada distraída no se dirigiera a ese punto- a los retozos de una de esas parejas que cree que la posibilidad de desprenderse de determinadas prendas en estos espacios de tolerancia supone la desaparición de toda reserva respecto al uso que se da a las partes que han quedado descubiertas: ella no lleva sujetador y él se aplica a lamerle laboriosamente los pezones, lo que hace que la chica se retuerza literalmente de placer sobre la arena... El mar ruge, como corresponde al estado de la marea. No he traído lectura, para no cansar la vista, bastante tocada ya de las sesiones a destajo frente al ordenador a las que me someto por las mañanas. M.A. dormita. Mi distracción es la concurrencia. Que casi nunca decepciona.

***

Veo por fin Tiburoneros (1963), de Luis Alcoriza, una película de la que tengo conocimiento prácticamente desde mi adolescencia, pero que hasta ahora no había tenido oportunidad de ver. Es una película hermosa, con un punto de lograda asimilación del humor de Buñuel y de algunos de sus recursos. Pero lo que me llama la atención es que la crítica y los estudiosos se la hayan tomado tan en serio; porque ni la imagen idílica que proyecta de los pescadores de Tabasco es rigurosa, ni el superficial empleo que hace del tópico de "desprecio de corte y alabanza de aldea" es mínimamente creíble, aplicado a la historia de un hombre de negocios de México D.F. que, para reunir un capital, se dedica durante unos meses a la pesca de tiburones en el Caribe, y luego encuentra que no puede adaptarse de nuevo a la vida urbana y regresa definitivamente a la aldea de pescadores... Claro que el resorte de este ineludible influjo no es otro que la belleza de la tabasqueña Manela, interpretada por la bellísima Dacia González, de la que podría decirse que la cámara de Alcoriza se enamora, como se enamoró la de Giuseppe de Santis de Silvana Mangano en Arroz amargo o la de John Ford de Gene Tierney en La ruta del tabaco. Tres películas, por cierto, que aún hoy resultan a ratos tremendamente eróticas, y no porque incluyan escenas escabrosas o de sexo explícito, sino porque asumen sin ambages la fascinación que estas muchachas jóvenes y exuberantes son capaces de ejercer, no sólo sobre sus antagonistas masculinos, sino sobre el propio espectador. En ese sentido, Tiburoneros es una película de ese peculiar género consistente en la exhibición, casi siempre irónica, de un contundente señuelo erótico, que es el verdadero motor de la acción. Y cualquier otra consideración sesuda resulta siempre un poco traída por los pelos.

3 comentarios:

J.Lorente dijo...

Ciertamente, hay veces que no hace falta ir al Cine para ver y escuchar cosas curiosas... Yo trabajo en un Bar y me pasan cosas así casi a diario. Y es que la gente se presta dar ciertos espectáculos en ciertos momentos y ciertos lugares, como el Bar o la Playa.

Sobre la película no opino... No la he visto ni la conocía. No soy precisamente cinéfilo.

Un Abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo tampoco lo soy, amigo Lorente. Sólo aficionado a ver películas, que no es lo mismo.
Un abrazo.

Antonio Carrero Acuña dijo...

Gracias a señuelos-por cierto, extraordinarios los que nos ofrece, estamos VD. y yo, por aquí, ¿no?. y lo malo es que los señuelos ya no nos reconocen. Supongo