lunes, julio 19, 2010

SUPERVIVENCIAS

Siempre que vengo a esta playa gaditana, a la que se accede a través de una conocida urbanización, me acuerdo de la primera vez que me trajeron a ella, hace -¿lo diré?- unos cuarenta años, cuando yo era un niño y nuestra distracción dominical consistía en hacer largas excursiones en un Simca 1000 en el que nos apretujábamos dos familias enteras con sus respectivos enseres. La urbanización no existía entonces, y en su lugar se extendía un frondoso pinar que alcanzaba el borde mismo de la playa, consistente en una sucesión de pequeños acantilados de arena compactada, consolidados por una abundante vegetación de enebros y otras plantas propias del entorno. Acostumbrado a las extensas playas llanas características de la provincia, aquel litoral abrupto causaba una desusada impresión de lugar salvaje, que en esa primera visita quedó reforzada -me parece estar viéndolo- por la aparición de un enorme lagarto sobre un promontorio. Era la primera vez que veía uno, la primera que tenía conocimiento directo de un reptil mayor que una lagartija. Que sigue siendo, si la estimación retrospectiva no me engaña, el mayor ejemplar de su género que he visto nunca. Una playa remota, en la que no había otra huella humana que el tortuoso carril de tierra que nos había conducido hasta ella, y presidida por un extraño animal totémico... Todavía hoy, ya digo, pese a la presencia de esta conocida urbanización turística en la que se cifra el quiero y no puedo de buena parte de la burguesía local; pese a los carriles asfaltados, que ya tienen nombres de calle, y la afluencia de coches, lo que se me impone al alcanzar este paraje es la impresión primera. Hoy lo hacemos a media tarde, después de haber pasado el día en casa de unos amigos. Hay un oleaje espaciado y majestuoso, y la luz sesgada de la tarde presta una textura aterciopelada, opaca y tersa, a las grandes depresiones de mar lisa que quedan entre ola y ola, en el momento que uno aprovecha para zambullirse y nadar unos metros, porque las olas propiamente dichas es mejor recibirlas cara a cara y con los pies bien plantados en el fondo, y si acaso dando un salto en el momento en que te alcanza la cresta espumosa... Lagartos habrá alguno, supongo, pero no van a dejarse ver en medio de este gentío. Los enebros sí mantienen su pujanza, pese a que la afluencia de gente ha convertido el acantilado en un lugar de paso, atravesado por infinidad de veredas y senderos más o menos escalonados. También el pinar mantiene su imponente presencia, pese a estar parcelado, y sigue siendo la fuerza dominante. Tanto, en fin, que sorprendo a uno de mis anfitriones recogiendo del césped los piñones caídos de uno de los enormes pinos que corresponden a su parcela. Es fácil imaginar que, de no hacerlo, las lluvias y la humedad los harían germinar; como ha sucedido, veo, en un chalé colindante, abandonado desde hace decenios, y cuya parcela está cubierta de pinaza y arbustos. Hay también, reparo, pese al renombre de la urbanización, algunas parcelas sin edificar, por las que nadie se ha interesado, al parecer, en los treinta y tantos años de vida que tiene el asentamiento. Esos abandonos y vacíos dan al enclave un aspecto decadente que seguramente no es del agrado de sus propietarios, pero que constituye uno de sus mayores atractivos, y el que le aporta una especie de pátina sentimental de la que carecen otras urbanizaciones más agresivas y pimpantes. Todo eso -las ruinas, las parcelas vacías, las sombras de los grandes pinos, la playa abrupta- resulta en un efecto de atenuación, en el que la naturaleza se impone a la presencia humana. Lo que se agradece, después de todo.

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