miércoles, agosto 25, 2010

AXEL MUNTHE

Son los libros los que eligen a sus lectores, decía ayer, y no al revés. Y justo eso es lo que me ha pasado con este otro, que llevaba años saliéndome al paso en casi todas las librerías de viejo en las que entraba, y que yo rechazaba con igual contumacia. Se trata de La historia de San Michele, la autobiografía más o menos novelizada del médico sueco Axel Munthe. Debió de gozar de mucho predicamento ese libro en otras épocas, lo que sin duda explica las muchas ediciones que ha conocido. Yo lo esquivaba siempre porque, al hojearlo, desprendía ese mismo aire de objeto rancio que desaconseja, por ejemplo, llevarse a casa las novelas de Knut Hamsun. Un presentimiento, digamos, de sentimentalismo y moralina, que son otras maneras de denominar el oportunismo de los best-sellers, y también los motivos de su caducidad, porque las incitaciones al sentimentalismo y la moralina cambian cada veinticinco años... De Axel Munthe llegué incluso a comprar un título secundario, una recopilación de artículos y semblanzas que, con fino olfato comercial, su editor español tituló Lo que no conté en la historia de San Michele. Pero fui demorando su lectura, por las mismas razones que apuntaba antes. Y hasta ahora.

Y es que los libros, como las personas que se tratan en sociedad, necesitan venir de la mano de quien te los recomiende y te dé buenas referencias de ellos. En este caso, esas recomendaciones y referencias se las debo a Horacio Quiroga, que en los últimos años de su vida leyó con entusiasmo el libro de Munthe y se valió de él para reafirmarse en sus propósitos de llevar una vida apartada, en contacto con la naturaleza y de espaldas a las ambiciones mundanas. En su correspondencia, recientemente publicada en España, dejó el uruguayo repetidas muestras del entusiasmo que le suscitó esta lectura. Al confrontarlas, no pude por menos que acordarme de las muchas veces que había tenido ese libro entre las manos, sin decidirme a comprarlo. Fui a la librería de viejo de R. Y, como me temía, esta vez no lo encontré. Se lo comenté al dependiente, que, después de consultar su ordenador, me dijo que aún le quedaba un ejemplar en el almacén...

Lo he leído este verano. Me ha recordado por más de un concepto el Viaje al fin de la noche de Céline: como éste, el de Munthe cuenta la vida de un médico en una Europa convulsa; y, como el de Céline, el del sueco destila una especie de humanismo desengañado y resignado, nacido de la constatación de lo poco que un individuo puede hacer para disminuir un ápice el dolor humano o contrarrestar la estupidez circundante. La diferencia está en que a Céline se le ve el plumero desde el principio, y desde las primeras páginas sabemos que estamos ante un discurso nihilista, programáticamente desprovisto de soluciones o esperanzas, mientras que Munthe, sin salirse del todo de ese discurso de la negación, entreteje sus historias con humor, con unas gotas de sentimentalismo inteligente, e incluso con una religiosidad más intuitiva que dogmática, que le lleva a cerrar su autobiografía con una visión de su llegada a un Más Allá demasiado humano... De fondo, la tentación constante a apartarse del mundo y refugiarse en San Michele, la casa que el autor construyó con sus propias manos en la isla de Capri, que todavía no era en absoluto el enclave turístico en que se llegaría a convertir. Allí, entre campesinos, el autor intentará superar lo que el lector intuye que no es sino una intermitente misantropía, nutrida por no sólo por sus experiencias profesionales, sino también por una personalidad que adivinamos menos afable y ecuánime de lo que parece a primera vista, en la que intuimos los rasgos de un hombre obstinado, frecuentemente en desacuerdo con sus colegas, y también los de un mujeriego impenitente, cuya cuenta sentimental nunca está cerrada. Es éste es un libro en el que lo que se calla, o a lo sumo se deja entrever, tiene casi tanta importancia como lo que se cuenta. Quizá por ello sus lectores más sagaces lo tomaron, en su día, como una autobiografía modélica: por decir mucho de su autor sin incurrir en indiscreciones o exhibicionismos innecesarios.

A este libro he dedicado algunas horas muertas de este mes de agosto. Las doy por bien empleadas.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Estoy leyendo ahora el voyage, al que me había resistido mucho tiempo, y coincido plenamente con tu juicio sobre Céline. Se le ve el plumero, sus peripecias son sólo parcialmente creíbles, como si fuera un Alfarache hipersexualizado, y su manera de describir a las personas cosificándolas o convirtiéndolas en órganos y vísceras en vías de colapso repugna más si se piensa en su profesión médica (nada altruista). Su nihilismo interesado resulta desagradable, y he estado por dejar el libro, pues, además, su francés coloquial entrecortado y anacolútico acaba por antojársele a uno monótono. Viva Proust.
Perdona el comentario extenso.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegra que me confirmes mi impresión de Céline, ya bastante lejana; y al que, por otra parte, había leído en traducción. Un abrazo.