martes, agosto 24, 2010

LA HUIDA

Me habla J. de la tesis doctoral en la que anda ocupado. "¿Has visto esto?", le digo. Y le enseño un viejo mamotreto en dos tomos, editado hace ciento veinte años, que adorna los estantes altos de mi biblioteca. Es una compilación que coincide en gran medida con el campo y objetivos de la tesis de J. Se queda asombrado, y durante largos minutos ojea los dos tomos en silencio... Naturalmente, le invito a que se los lleve y los tenga consigo el tiempo que estime necesario. "Ya me los devolverás", le digo, sabiendo lo que valen estas palabras entre personas que con frecuencia experimentamos, al tener ciertos libros entre las manos, una sensación de avidez que apenas se corresponde con las actitudes y maneras más morigeradas que afectamos en casi todas las demás circunstancias de nuestra vida. Me pilla, sin embargo, con el ánimo desprendido: desde hace tiempo tengo la convicción de que lo que conviene a quien ha acumulado más libros de los que puede acomodar es, precisamente, desprenderse de algunos, antes de que la inevitable sentencia del tiempo te prive de todos ellos, y tus descendientes, con más juicio que tú, los vendan al peso...

Pero, a lo que voy: J. es mi cuñado; y los tomos en cuestión venían con los libros que su hermana trajo consigo cuando nos fuimos a vivir juntos. Aparecieron en su casa, en un altillo; pertenecieron a algún inquilino anterior de esa casa. De ese mismo legado formaban parte alguna novelita de Pereda o de Palacio Valdés que tengo por ahí, un hermoso recetario republicano ilustrado por Penagos y un curioso muestrario de caligrafía doméstica y modelos de documentos destinado "a las amas de casa". Esos libros habían pasado por completo inadvertidos para J., que era un niño pequeño entonces. Aunque, qué duda cabe, desde su escondrijo ejercían su secreto influjo sobre él, que treinta años después quiere hacer una tesis doctoral que parece inspirada por uno de ellos. O lo sucedido, simplemente, es que este libro ha estado todos estos años buscando su lector idóneo y no ha parado hasta encontrarlo. M.A. se ha desprendido de él con algún dolor de corazón: a ella, como a mí, nos gustaban los grabados que incluía. Pero aceptamos nuestra derrota: no lo íbamos a leer nunca, no sentíamos ningún interés por lo que pudiera decirnos ese mamotreto. Y él, que lo sabía, ha aprovechado la primera de cambio para huir a manos y entendimientos mejor predispuestos. Le deseamos suerte.

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