sábado, agosto 07, 2010

LOVE PARADE

Parece casi lógico, dentro de lo trágico: si vivimos agolpados, si nos divertimos masivamente, si no hay un solo acto de nuestra vida que la estadística no relacione con los hábitos y preferencias de millones de personas, ¿por qué la forma más característica de morir en estos tiempos no iba a ser la muerte en masa, multitudinaria y, como todo lo que atañe al destino individual en relación a las multitudes, un tanto irrelevante y absurda? Ésa ha sido la suerte de las veinte personas aplastadas por la multitud de la que formaban parte, durante el evento masivo conocido como “Love Parade”, el Desfile del Amor, celebrado en una localidad alemana. Siempre me ha parecido que hay algo siniestro en estas ocasiones en las que todo el mundo hace lo mismo, corea la misma consigna, se divierte del mismo modo, baila al mismo son. Me recuerdan a los grandes actos de masas que organizaban los nazis, o a los desfiles cuadriculados de la Plaza Roja. Unos y otros se efectuaban a mayor gloria del tirano de turno; y los de ahora, desde Woodstock hasta hoy, se convocan para exaltar el innominado ídolo de la contemporaneidad, un dios con rasgos de monigote obsceno, vestido de colores estridentes, al que sólo satisface el aturdimiento y el ruido.

Lo del ruido no lo digo porque la ocasión que ha dado lugar a estas muertes fuera un festival musical. Hay ruido prácticamente en cualquier evento multitudinario, independientemente del pretexto bajo el que se convoque. Los buenos aficionados al fútbol, que los hay, me cuentan que se extrañan de que los estadios se llenen de gente que no va a ver los partidos, y que no presta la menor atención a las incidencias de éstos, sino que meramente están allí para corear el alirón o para hacer la ola. En los mítines políticos puede uno observar que, mientras el líder de turno va hilando las frases con las que espera merecer un titular de prensa o unos segundos en televisión, la concurrencia no lo oye, y se limita a repetir el pareado de turno o a menear la pancarta. No están allí porque quienes los han convocado esperen convencerlos uno a uno de la bondad de sus propuestas, sino simplemente para hacer bulto. No tienen consideración de personas, sino de puntos más o menos semovientes al fondo de un decorado.

Lo trágico es que la persona sola cobra toda su relevancia cuando sobreviene un accidente fatal. Se hunde una tribuna, se produce una estampida humana, se quema el local atestado, y entonces los puntos semovientes se convierten en personas con nombres y apellidos, de cuyas historias individuales se hace eco la televisión, y a quienes sus parientes lloran. Va a ser verdad eso que decían los filósofos pesimistas: la vida humana sólo alcanza su plenitud en el momento de la muerte. Es, quizá, el último reproche que el individuo le hace a la masa que lo ha aplastado.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Anónimo dijo...

También a mí me han dado siempre un cierto miedo las multitudes, pero cuando todos hacen lo mismo o simplemente caminan para el mismo lado, el temor se me acrecienta y me provoca una amarga desesperanza.
Bello e inteligente artículo, como todos los tuyos.

Viñamarina dijo...

Timeo plebem, etiam episcoporum (Diego Laínez S.J. en Trento)