viernes, agosto 13, 2010

OFICIOS DE AGOSTO

No sé si en las estadísticas más o menos triunfales que registran el habitual descenso del desempleo en verano figuran los músicos de feria. Deberían, porque en fechas señaladas, tales como el populoso puente de agosto, podrían contarse por miles los que tocan en otras tantas fiestas patronales a todo lo largo y ancho de la geografía patria. Y uno los admira porque, amén de envidiar la seguridad con que se mueven sobre los tablados y el aplomo con el que interpelan a la concurrencia para que ésta se desinhiba, tienen con lo suyo una relación que ya quisiera uno para con las cosas a las que dedica sus afanes.

Quizá la medida del verdadero artista sea aplicarse a lo humilde con el mismo entusiasmo que a lo sublime. Como nuestros clásicos, que lo mismo eran capaces de armar una coplilla popular de dos estrofas que un largo poema épico en octavas reales. A estos músicos baqueteados se les supone el oficio: basta verlos montar su tinglado, ajustar sonoridades, disponer sus partituras. En alguna parte, y llevados Dios sabe por qué impulso, aprendieron todo eso, tal vez con idea de triunfar en alguna rama “seria” o comercialmente productiva de su arte. Es decir, a lo mejor aprendieron a darle a la tecla mientras estudiaban piano en el conservatorio, o adquirieron su modo de conducirse en el escenario mientras soñaban con moverse sobre el mismo con el dominio y la personalidad de un Elvis o una Tina Turner. Luego la vida hace sus ajustes, y quien estudiaba para llegar a ser un Rachmaninoff termina aporreando un tecladillo eléctrico en la feria patronal de Salas de los Infantes, pongo por caso. Lo importante es poner en ello el entusiasmo que Rachmaninoff ponía cuando tocaba ante un auditorio de duquesas melómanas, y no cabe la menor duda de que estos músicos lo hacen, aunque sea para animar a la concurrencia a bailar un pasodoble. Y es curioso ver cómo la cantante que hace sólo unos minutos cantaba con acento de Brooklyn saca ahora una imponente voz racial y hace retroceder la imaginación a los tiempos patrios en que la única fantasía posible, la única expansión tolerada, era ver contonearse a una mujer vestida de lentejuelas. Todavía tiene uno cierta propensión a concederles un plus de belleza y de sensualidad a estas musas de tablado, no necesariamente guapas, pero siempre favorecidas por los focos y por la posesión de esos atributos de poder que representan los micrófonos, el traje de fiesta, la altura sobre el público…

A la luz del día son otra cosa. Pero uno nunca las verá a la luz del día, porque, al término de la actuación, vocalista y músicos se aplican a recoger sus bártulos, como si hubieran venido a arreglar el tendido de la luz, y se embarcan en una furgoneta, rumbo a otras ferias; o rumbo simplemente a la normalidad, que es como llamamos también al aburrimiento, a la rutina.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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