martes, agosto 31, 2010

UNIVERSOS

Alegría visual de las mañanas, desde el ángulo en picado que me proporciona el balcón de mi cuarto de trabajo, en un segundo piso: las muchachas casi en deshabillé que pasean por las mañanas a sus perros. Cada pocos minutos pasa una bajo mi balcón, a veces literalmente arrastrada por el ímpetu de su mascota, y otras empujada por los vientos despiadados que suelen azotar estas latitudes. Entonces dan impresión de fragilidad, y parecen encarnar ese característico desgobierno del propio destino que deparan la juventud y la relativa pobreza. Pero otras avanzan con pie firme, bien plantadas sobre sus piernas, el pecho firme, la cabeza erguida, la ropilla de andar por casa muy ceñida al cuerpo, como gustaba Fidias de representar los trapos con los que envolvía a sus figuras. Entonces sí: entonces uno interrumpe brevemente su briega con el teclado y les dedica una mirada.

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Nos perdimos en aquella película de Imamura. No entendíamos nada. M.A. lo achacaba a la mala calidad de los subtítulos. Yo, a un conjunto de factores, que incluyen mi incapacidad para retener rostros extraños -y más, si son japoneses- y mi escasa empatía con determinadas idiosincrasias narrativas. Y éramos nosotros, extrañamente, los únicos que quedábamos nítidamente retratados -y casi enfrentados, en fin- en esa sesión doméstica de cine, mientras los personajes y acontecimientos de la película propiamente dicha se nos desdibujaban y perdían.

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En uno de esos documentales inquietantes con los que distrae uno la sobremesa, un circunspecto científico (japonés también) da crédito al viejo principio poético que otorga condición de realidad a las acciones no realizadas y a los deseos no cumplidos: existirían, dice este hombre, y tendrían su adecuado cumplimiento en alguno de los infinitos universos paralelos que algunas teorías científicas postulan. Reducida a posibilidad científica, la idea pierde toda su fuerza poética; y. además, reduce nuestro andar por el mundo a una vaga gesticulación sin sentido: todos nuestros fracasos de este mundo son triunfos en otro, así que, ¿para qué esforzarse? Todos los lectores que no he ganado en este mundo me leen ávidamente en otro; todos los libros que no he podido escribir, o que no me han querido publicar, triunfan en los medios literarios de algún inconcebible universo paralelo. Y, a lo mejor, hasta están mejor escritos. O peor, quién sabe.

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