viernes, agosto 27, 2010

VIEJOS

He dejado para agosto este artículo que a lo mejor podría haber escrito un poco antes. Y es que la placidez de agosto, su definitiva adscripción al ocio vacacional, parecen convenirle al tema. La Unión Europea sugirió, a principios del mes pasado, que la edad de jubilación debería ser los setenta años, y que, si no es así, los sistemas de pensiones quedarán desbordados y habrá casi tantos jubilados como trabajadores en activo. Puede que esto sea verdad. Lo que significaría, en fin, que hasta ahora habíamos vivido bajo una gran mentira, y que el principio de que los trabajadores en activo cotizamos ahora para que se nos asegure una pensión en la vejez era una estafa: cotizamos para mantener más o menos al día las cuentas del sistema, y mañana ya se verá.

Mientras se resuelve este enredo, y los políticos aciertan a encontrar el modo de dulcificarle la píldora a la población, parece conveniente empezar a hacerse a la idea. No está muy claro, de todos modos, para qué nos jubilamos. Lo ideal sería pensar que nos desprendemos de las ataduras laborales cuando aún nos quedan fuerzas y ganas para hacer otras cosas, y no solamente para morirnos. Y que, cuando desaparece la obligación de fichar a las ocho y permanecer la mayor parte del día en una fábrica o una oficina, es el momento de atender viejas aspiraciones postergadas: hacer un largo viaje, por ejemplo, o desarrollar nuestras capacidades artísticas... Lo ideal sería llegar a la edad de jubilación con esos ímpetus, y confiar en la estadística para contar con los veinte o veinticinco años de vida que ésta todavía nos concede. Ser como esos jubilados europeos que conocieron la prosperidad de los años sesenta y terminaron sus días en plácidas urbanizaciones mediterráneas, sacando a pasear el perro y comprando
The Times en el quiosco de helados.

No parece que ése vaya a ser el caso. No quiero pensar en qué estado llegaré a los setenta sin haber parado de trabajar: ya los cuarenta y tantos me pesan lo suyo. Fue la mía una generación numerosa: cuando niños, copamos los colegios, como luego copamos los empleos e impusimos nuestros gustos en la moda y en el ocio. Ahora, si nuevos embates de la economía no terminan de arrebatarnos los puestos de trabajo que ocupamos, vamos a envejecer en ellos. Imagino el panorama: cuando un hombre joven dentro de veinte años vaya al médico, se encontrará con que éste probablemente sea un anciano; sus hijos tendrán profesores ancianos; sus padres no podrán ejercer de abuelos porque tendrán todavía obligaciones laborales que atender. Y como seremos muchos, los gustos, modas y valores de esa sociedad de ancianos en activo serán los de una gerontocracia. Una Europa de viejos asidos a sus puestos, como los políticos de ahora, y a los que nadie empujará para que hagan sitio. A ver cómo se lo toman los jóvenes.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Lonely Thoughts dijo...

Este es el problema y la solución vistas a la vez.
¿Cuando seremos capaces de ver que el Estado como tal es casi más un problema que la solución?
Y no por la definición de éste, sino porque el Estado como tal no existe. Es la suma de personas, que como tales sienten, necesitan, envidian, consiguen y no se sienten satisfechos. Por lo cual, ninguno de los servicios proporcionados por éste estará libre de estas "características" de los seres que las dirigen/controlan/manejan.
Todo es mentira. Y lo sabemos.
Pero nos sentimos seguros si vemos que a los que nos rodean no les importa. No vamos a ser menos. ¡A nosotros tampoco!
Aunque protestemos. (¡Qué guays somos!)
Nos quedamos ahí, y con eso nos sentimos super transgresores. Entre ellos yo el primero.
Estamos genéticamente condenados a responder de determinada manera ante estímulos concretos, y el que los estudia (aunque sea mínimamente) y los aplica, tiene las de ganar.
Y nos están ganando. Vaya que si nos están ganando.
Sobre todo a mí.