lunes, agosto 30, 2010

Z.

El verano se despide con la broma pesada de una gastroenteritis que nos tiene postrados todo el domingo. K., a la que también dimos a probar el comistrajo culpable, se pasa el día tendida a los pies de la cama, no sabemos si por empatía o porque también la gata ha pillado la infección. Más bien lo primero: en uno de los escasos paseos que se permite, descubre una salamanquesa en el despacho, y eso termina de reanimarla. Tanto que, para que no destroce el monitor o los demás trebejos informáticos que se amontonan sobre la mesa, mientras se encarama sobre ellos para alcanzar al bicho, somos nosotros quienes optamos por capturarlo y devolverlo al balcón, de donde ha venido. En vano: insensatamente, el animalillo vuelve al despacho, y esta vez no se libra de las garras de la fiera.

***

En los días previos habíamos estado en Z., el conocido enclave costero gaditano, favorito de cierta clase media con ínfulas bohemias. Mujeres muy bronceadas vestidas preferentemente de blanco deslumbrante, jovencitos con rastas y pantalones bombachos, hombres circunspectos en pantalón corto con muchos bolsillos, en los que deben guardar las carteras con las que pagan todo esto. Entre estos hombres, por cierto, algunos famosos. En un restaurante con pretensiones, regentado por argentinos, encontramos entre la clientela a un conocido cocinero televisivo. En otro bar de cocina más tradicional, aunque no más económica, coincidimos con el líder de uno de los sindicatos mayoritarios, al que esa misma mañana, por obra del don de la ubicuidad de la que gozan estos personajes, habíamos oído en la radio tronando contra el gobierno y llamando a la huelga general... Tiene derecho el hombre a comerse tranquilamente su pescaíto, como todo el mundo, en sus días de asueto; pero no deja de chocar un poco, en fin, que quien se pone tan apocalíptico por la mañana se entregue luego tan plácidamente a estos placeres de clase media ociosa, en un ambiente, digamos, más bien poco proletario.

Pero no ha venido uno aquí a juzgar, ni a que lo juzguen. Son, dicen los boletines meteorológicos, los días más calurosos del año. El calor desaconseja incluso bajar a la playa, por lo que no salimos hasta el anochecer. El ambiente es extraordinariamente relajado, pese a la afluencia de gente. En el recinto acotado por los muros de una vieja fortificación ponen un mercadillo de baratijas. Y uno se pasaría horas enteras viendo pasear entre los puestos a estas espectrales mujeres de blanco, distantes e inasibles, que no parecen tener otra preocupación en la vida que probarse collares, mientras el flamenquito de turno desgrana su rumba sobre el tabladillo que han montado en medio de la plaza, y el suelo recalentado exhala sus olores a tierra regada, a remoto rastro de caballos, a patchuli y cáñamo. Podría ser un lugar extremadamente ruidoso, pero hay algo en la predominante horizontalidad de todas las líneas que produce algo así como una atenuación o dispersión de todo lo que pudiera resultar excesivo. Y así, a pocos metros de una terraza playera en la que actúan unos estupendos músicos cuyo estilo relacionamos con el de Camel, el rumor del mar ahoga por completo el ruido y tiene uno la impresión de hallarse en un entorno completamente salvaje, lejos de cualquier aglomeración.

Nos marchamos con pena. Nos espera, ay, la gastroenteritis final, como una purga por tanto placer. Y lo que vendrá luego, que es peor.

***

No he encontrado el cadáver de la salamanquesa. Lo que quiere decir: a) K. la ha indultado. b) Pudo escapar. O -lo que es peor-: c) Se la ha comido. Lo que, en nuestro actual estado de absoluta inapetencia, nos resulta la peor de todas las opciones posibles.

2 comentarios:

Alu dijo...

¿Eso es un Picasso?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, es una variación picassiana sobre el "Desayuno sobre la hierba" de Cézanne.