viernes, septiembre 03, 2010

CALOR

Desde el lugar donde llevan la cuenta de estas cosas nos han dicho que acabamos de vivir los días más calurosos del año. La “ola de calor” ha llenado los depauperados telediarios de agosto de imágenes de gente sudando la gota gorda, de desaprensivos bañándose en las fuentes públicas, de personas bienintencionadas que se animaban a divulgar los trucos caseros con los que combaten el calor: desde rociar las cortinas con agua a colgar bolsas de hielo delante de un ventilador, o ingerir alimentos muy picantes, como hacen en los países tropicales, para provocar la sudoración e inhibir la sensación corporal de agobio térmico…

Si no fuera por estos sucesos sin suceso, por estas noticias que encubren la falta de noticias, rara vez vería uno en un telediario a un ciudadano normal dando cuenta de sus actos cotidianos, y no, como suele suceder, en el más habitual papel de víctima de un accidente, una injusticia o un crimen. No se cansa uno de escucharlos, de admirar los recursos con los que afrontan la anomalía térmica, o el alcance de su memoria, que les lleva a proclamar, con más seguridad que cualquier fuente estadística, que no se recordaba un verano así desde tal o cual año, mientras entornan los ojos como para contemplar en el recuerdo las imágenes desvaídas de ese otro lejano verano en el que también se sudó la gota gorda, en que la gente salía a la calle con pañuelos mojados en la cabeza. La esencia del clima es su carácter cíclico: lo que ocurre hoy ya ocurrió ayer y probablemente habrá de repetirse mañana. Estos calores insólitos, que nos creemos incapaces de soportar, ya tuvieron lugar en un pasado del que algunos guardan exacta memoria, y se repetirán en un futuro en el que a quienes no la tenemos tan buena volverán a parecernos desusados y cercanos al límite de nuestro aguante. En eso el clima es como la Historia: a quien la conoce, nada le extraña, porque todo lo que haya de suceder ha sucedido ya. A quienes la han olvidado, en cambio, o a quienes han confundido sus deseos y expectativas con la estricta verdad, los hechos siempre acaban sorprendiéndoles y superándoles.

No a estos pacíficos ciudadanos que sudan en las aceras, ante un escaparate, o se duchan en plena calle con agua mineral, o agitan animosamente un abanico. En un mundo en el que la gente se hiela en verano con el aire acondicionado, o se pasa el invierno en manga corta entre calefactores a plena potencia, ellos son la confirmación de que el clima repite sus ciclos implacables. O, trasladado a otros ámbitos: que no hay mal que cien años dure, ni situación económica o social que permanezca invariable, ni mal gobierno eterno. Lo que pasa es que no nos acordamos; y que, cuando llega la hora de sudar, o de morirnos de frío, creemos firmemente en la singularidad del suceso que nos ha tocado padecer. Y el mundo gira.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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