miércoles, septiembre 15, 2010

CONTABILIDADES


Hay quien solicita cosas de ti y quien recibe, a veces, solicitudes tuyas. Y algo debe de fallar en esta singular economía en la que apenas se cruzan valores contantes y sonantes: tú atiendes rápidamente, y casi siempre con placer, las solicitudes que te hacen; las que haces tú, en cambio, frecuentemente obtienen la callada por respuesta. Pero acaso eso se deba a la naturaleza misma de lo que uno tiene que ofrecer: el hecho mismo de que te lo pidan equivale a la concesión de un favor, y es quien atiende la petición -quien ejerce el don de dar, diríamos- quien ha de sentirse agradecido. Ir más allá -es decir, adelantarse uno al ofrecimiento- resulta más bien un abuso.

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"La curva de la felicidad"; es decir, la poca airosa barriguita que luce el cuarentón. La mía, de momento, no está demasiado pronunciada. Pero tampoco parece ceder ni ante la natación ni ante las tablas de abdominales con las que me he castigado a lo largo del verano, en aras de no sé qué imagen mejorada de mí mismo que no consigo alcanzar. Y en la que, quizá, tampoco me reconocería.

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Veo películas de Elvis -King Creole, Kid Galahad- e incluso me gustan. En algún rincón de mi imaginario sentimental algo debe de ir muy mal.

3 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Yo compruebo que cada vez soy más feliz. En cuanto al intercambio de solicitudes con resultado dispar, eso dice mucho a favor de la parte deficitaria.

Un abrazo.

Olga Bernad dijo...

Eso es también porque a veces pide quien no tiene nada que dar. El talento es generoso, mejor no hacer cuentas.
Saludos.

José Luis Piquero dijo...

Pues a mí no me sale la curvita. Será porque sigo siendo el saco de huesos que he sido siempre. O a lo mejor no soy feliz... Espero que no sea eso. Canas unas cuantas. No te preocupes: nos hacemos añosos como vinos buenos.