lunes, septiembre 06, 2010

DESMEMORIAS

En nuestro deambular por el barrio alto de U., aprovechando la excusa que brinda el concurso de pintura rápida, damos con un pintor alrededor del cual se han congregado media docena de chiquillos y algunos viejos. Nos paramos también ante el lienzo, a una distancia prudente, y entonces el pintor se vuelve y hace señas en mi dirección. Vuelvo la cabeza, por si éstas van dirigidos a otra persona que se me haya colocado detrás. "Ya veo que no me reconoces", me dice. Efectivamente, le digo que no, y adelanto una disculpa por lo que ya adivino que es una nueva mala pasada que me está jugando mi incapacidad de recordar las caras de las personas a las que sólo he visto una o dos veces. Hasta tres ocasiones recuerda este hombre en las que hayamos coincidido. Me las va desmenuzando y yo asiento humildemente, mientras voy desgranando nuevas disculpas. M.A., divertida, mueve la cabeza, aunque tampoco ella ha andado fina en esta ocasión. "Tú debes de ser amigo de...", comenta, esperando suavizar lo que parece una enorme e injustificada muestra de desconsideración por nuestra parte. Pero tampoco acierta. Nos vamos con la cabeza gacha, mientras yo doy crédito a mi teoría de que la imposibilidad de reconocer rápidamente un rostro debe tener su origen en alguna tara constitutiva, similar a la afasia o la dislexia... Por suerte, hay muchos otros encuentros más afortunados en este día, y olvidamos el incidente. Y, además, ya al final de la jornada volvemos a encontrarnos con el pintor de marras, y éste nos dice que ha vendido el cuadro que estaba pintando y otro más que tenía en exposición. Nos alegramos sinceramente de ello, y doy por sentado que la expresión de este hombre serenamente satisfecho, que no aspiraba a ningún premio y que ha conseguido una modesta remuneración por su jornada de trabajo, es de las que ya no olvidaré. Algo hemos ganado nosotros también.

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