martes, septiembre 14, 2010

FIN

Empecé -consulto la libreta donde anoto estas cosas- la lectura de En busca del tiempo perdido en marzo del 2009, y hace sólo tres días que terminé El tiempo recobrado, el séptimo y último tomo: un año y medio, aproximadamente, en el que naturalmente muchas otras lecturas se han intercalado con la de Proust, pero en cuyo transcurso puede decirse que ésta ha marcado la pauta, ha impuesto su tono, e incluso ha contagiado al lector no pocos de sus tics, de sus manías asociativas, de su característico pulso demorado, e incluso de su especial manera de considerar la materia narrativa como una especie de nebulosa interiorizada, en la que los hechos se esponjan y ahuecan como un polipero para acoger otros hechos, al mismo tiempo que los tentáculos y ramificaciones de unos y otros van mezclándose y enredándose hasta el infinito.

Ha valido la pena. Y no porque la "prosa de asmático" de Proust, sus inabarcables periodos, absolutamente reñidos con cualquier prosodia mínimamente reminiscente del lenguaje oral, no me hayan causado alguna perplejidad. De haber sido yo el traductor, no sé si habría resistido la tentación de sembrar el texto con algunos estratégicos puntos y coma, para pautar la lectura y hacerla compatible con el resuello de un ser humano. No critico a Carlos Manzano, en todo caso, que creo que ha salido bastante airoso del asunto. Pero el mayor atractivo de estas novelas no es, en absoluto, el estilístico. Tampoco del argumento podría decirse mucho: el propio narrador, con su apocamiento, su indisimulado esnobismo y sus amores neuróticos, no es, en absoluto, de los que suscitan en los lectores una adhesión incondicional.

Lo que admira de estas dos mil y pico de apretadas páginas es, más bien, la consistencia de la trama, los centenares de relaciones cruzadas, lo apretado del tejido; y cómo el funcionamiento de la memoria se asemeja a éste, y condiciona nuestra percepción del mismo, de modo que las ramificaciones de las complicadas relaciones sociales acaban coincidiendo con los vericuetos del recuerdo, y los atajos por los que a veces opera éste se corresponden exactamente con los que el azar, la iniciativa personal o las circunstancias imponen a veces al trato social, y hacen que un arribista se convierta en un reputado hombre de mundo, o un encumbrado aristócrata caiga en la inconsecuencia y el descrédito.

Eso es lo que Proust parece empeñado en enseñarnos: la falta de solución de continuidad entre nuestro pensamiento y la trama del mundo. Asistimos, casi siempre divertidos o encantados y, a ratos, agotados por la morosidad del narrador, a la exhaustiva descripción de una burbuja; y advertimos, conforme avanza el relato, que esa burbuja no es sino la propia mente del autor; y que la materia de la que están hechos sus fantasmas no es sino el tiempo, que equivale al fluir del pensamiento, a sus saltos y demoras, a la inconsistencia que hace que en este último tomo, por ejemplo, la Primera Guerra Mundial esté cerca y lejos al mismo tiempo, o que, también en esta entrega, la descripción del breve paseo que lleva al protagonista al nuevo palacio de la princesa de Guermantes -título que ahora corresponde, no a la aristócrata de sangre a quien designaba en las primeras entregas de la serie, sino a la desclasada señora Verdurin- abarque la mayor parte del volumen y requiera varias sesiones de lectura para elucidar lo que, en tiempo real, habría durado apenas unos minutos.

Podría uno arriesgarse a contar el final, a sabiendas de que no le estropea a nadie el disfrute de la trama: el narrador, al llegar al palacio de la nueva princesa Guermantes, experimenta un leve traspiés al pisar unas losas desniveladas, y esta sensación lo traslada momentáneamente al recuerdo que tenía de una experiencia similar en Venecia. La sensación, al mismo tiempo, le permite reconocer la naturaleza de la que experimentó en el famoso episodio de la magdalena, en el primer tomo, cuando la percepción del olor del té al empapar el bizcocho inició en él el hilo de recuerdos que le permitió enlazar su infancia con la juventud de Swann, el gran personaje de esta primera parte del ciclo. A partir de este paso en falso, se suceden las revelaciones de esta clase, probablemente no ajenas a la hipersensibilidad enfermiza que ha desarrollado el protagonista, al que vemos ya convertido en un hombre envejecido. Y de esa constatación nace en él el deseo de explorar literariamente esos atajos de la memoria, en lo que el autor considera que es el único modo posible de recuperar, mediante la escritura, el "tiempo perdido". Es decir: tras algo más de dos mil páginas escritas, el autor-narrador, al que hasta ahora habíamos visto rendirse cada vez que se suscitaba en él el propósito de dedicarse a la literatura, encuentra ahora la motivación que le faltaba para consagrarse definitivamente a ésta; lo que nos lleva a nosotros, retrospectivamente, a constatar que lo que acabamos de leer -lo que nos ha tenido ocupados, en fin, durante año y medio- es el fruto de esa decisión que tantas páginas escritas ha necesitado para ser explicada.

Mi hija, al verme cerrar el volumen, me pregunta: "¿Ya has terminado la historia esa de la magdalena? ¿Cómo acaba?". Le cuento lo precedente. Y ella, creo que no sin formularse alguna reserva interior a favor de una reconsideración futura, se encoge de hombros y pone la misma cara que cuando le digo, por oírla, que me quiero dejar el pelo largo o comprarme una de esas camisetas chillonas que usan los de su edad.

1 comentario:

FBR dijo...

Qué buen análisis de la esencia de esa obra. Qué bien visto.
Un abrazo.