jueves, septiembre 16, 2010

NEGACIONES

Veo Next Door (Naboer, 2005) una claustrofóbica película noruega sobre un tipo que confunde realidad y fantasmas interiores, y en el que una y otros confluyen en una curiosa paranoia sadomasoquista, que por momentos llega incluso a confundir al espectador (no por demasiado tiempo, en fin, porque lo misterioso de esta clase de películas dura poco, y pronto agota su repertorio de escamoteos, y el espectador suele adelantarse a la aclaración final de la "verdad" del asunto...). Y esta mañana leo las páginas que Benjamín Jarnés dedica, en su estupenda monografía sobre Stefan Zweig, al pobre y a menudo decepcionante sensualismo moderno, que en las novelas de Zweig no era sino una mecánica trasposición narrativa de las ideas de Freud, adobadas con algo de fatalismo fin de siécle. Jarnés, que desde su exilio mexicano se expresa como un desengañado de la modernidad, no previó el último estadio de este sensualismo morboso: su conversión en reclamo para la cultura de masas. Zweig, cierto, fue un autor de éxito; pero todavía un cierto aura intelectual lo separaba de la figura del moderno autor de best-sellers. Faltaba todavía -este ensayo se publica en 1942- la definitiva decantación de la novela popular y del cine hacia este tipo de argumentos sensacionalistas, y la extensión de la influencia de la televisión. La idea, tan cara al psicoanálisis, de que todos estamos enfermos conviene bien al tipo de distracción que nos ofrecen estos medios: argumentos, historias que vienen a decir que, en la escala de la enfermedad, otros padecen la misma que nosotros de un modo más agudo. Nada más consolador para un psicótico en ciernes que le digan que otros muchos padecen ya psicosis aguda.

Jarnés, poco proclive a simpatizar con esta materia, no es ni siquiera piadoso con el suicidio de Zweig: lo ve impostado, como un gesto de cara a la galería. Y puede que tenga razón: el malditismo es siempre una impostura, incluso cuando lo ejercen personajes verdaderamente atormentados. Lo inexplicable es, quizá, la solidez de su prestigio.

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Pero acaso más inexplicable aún es que se pueda escribir todo un libro para denunciar lo que no nos gusta. Un libro debiera ser siempre un acto de afirmación. Y sus negaciones, en caso de tenerlas, no pueden ser sino argumentos preparatorios de esa afirmación.

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