jueves, septiembre 02, 2010

OCIO

Ha querido el azar que la vuelta al trabajo haya tenido lugar en horario de tarde, con lo que mi rutina de mañana, estos primeros días, ha permanecido prácticamente idéntica a lo que ha sido en las últimas semanas: me levanto, oigo las noticias en la radio mientras desayuno, garrapateo estas líneas y me entrego luego a la gama de quehaceres libremente elegidos a los que he venido dedicando el tiempo desde finales de julio. Con una diferencia, sin embargo, que tiene que ver con nuestra percepción subjetiva de la continuidad temporal: el discurrir de antes, en el que apenas intervenía la conciencia de ajustarse a un horario, o de que incluso el día sin obligaciones está acotado por algunas exigencias -comida, reposo- que contrarrestan la sensación del libre fluir temporal, ha sido sustituido por la pedregosa textura del tiempo medido, del tiempo ajustado a plazo, del tiempo que se amortiza al ser vivido. La peor invención del hombre han sido los horarios. Y este pensamiento no lo dicta la pereza sobrevenida ante la vuelta al trabajo: posiblemente, mi "productividad" -si la medimos por el número de cosas hechas y por el aprovechamiento y gozo de las mismas- sea mucho mayor durante las vacaciones de lo que jamás pueda serlo en las condiciones presentes. Yo sería mucho mejor profesor, pongo por caso, si pudiera serlo al modo de Sócrates, dialogando libremente con mis discípulos a la sombra de una higuera. Escritor no digamos. E incluso ciudadano, porque sólo un ciudadano sin prisas puede departir sabiamente sobre los asuntos de la cosa pública bajo los pórticos de la plaza. Tal vez a eso se reduce la time conspiracy -por remedar esa otra money conspiracy de la que hablaba Martin Amis en su conocida novela-: a no dejar pensar. Porque la sabiduría, como el arte e incluso la hombría de bien, son cosas del ocio.

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