martes, septiembre 07, 2010

PASEO MATINAL

Mi horario laboral de estos primeros días de septiembre me permite dar un largo paseo a primera hora de la mañana desde el punto de la periferia donde me deja M.A. hasta mi lugar de trabajo. Cada día tomo una ruta distinta, y si ayer atravesaba una populosa barriada por la que hacía años que no pasaba, hoy acorto camino por unas calles ocupadas casi en su totalidad por talleres y naves industriales. Y por una y otra ruta advierto la misma pugna: comercios cerrados, recientemente o desde tiempo inmemorial, frente a comercios nuevos que animosamente levantan la baraja a primera hora del día; naves arruinadas, con los cristales rotos y habitadas por gatos, frente a otras en las que media docena de trabajadores -casi nunca más- pugnan con una cizalla o con la llama de un soplete. No he hecho la cuenta de si son más los establecimientos cerrados que los abiertos, pero imagino que la salud de un país se dirime en esta cuestión tan sencilla: si son más quienes salen adelante que quienes tiran la toalla, y si el acto de levantarse temprano y descorrer una baraja o encender un soplete sigue teniendo sentido o no para quienes han hecho de ellos sus oficios. Hay algo, no obstante, en el aire mismo de la mañana, y en la inmensa respetabilidad que asumen para el espectador todavía ocioso quienes ya han iniciado su faena, que invita al optimismo. Decía no sé qué leyenda que mientras hubiese media docena de justos en el mundo Dios no desataría su ira contra el resto. Lo mismo puede decirse respecto al esfuerzo: mientras haya unas decenas de individuos que se levantan temprano para iniciar sus misteriosos quehaceres -y nada más misterioso, en fin, que el danzar de la lluvia de chispas sobre la chapa de hierro, o que la trastienda de esa modesta mercería en la que no sabe uno cuántas cintas habrán de venderse para igualar al menos el sueldo de la dependienta-, mientras siga en marcha el complicado mecanismo del que hemos venido a depender, podrá decirse que vive uno en un cuerpo social mínimamente solvente. No es mucho. Un mal viento, lo sabemos, podría extinguir incluso estos insuficientes y heroicos atisbos de sociedad laboriosa. Me contaba un panadero el otro día que un compañero suyo hubo de cerrar el negocio porque una conocida franquicia de ese ramo le abrió una sucursal al lado de su panadería y durante todo un año ofertó el pan a mitad de precio, hasta arruinar a su competidor. Y me hablan por otra parte de empresas a las que sobra el trabajo, pero a las que los bancos les niegan el mínimo caudal de dinero contante y sonante que necesitan para mantener el negocio en marcha. Se ve que no basta el esfuerzo: el sistema tiene también un componente azaroso, del que es difícil sustraerse. Toca uno madera. El sol ya ha salido y uno ha llegado a su lugar de trabajo. Aún me queda tiempo para garrapatear estas líneas. Y empiezo la jornada.

1 comentario:

Sara dijo...

Excelente entrada, que invita a darse un paseo y mirar alrededor con los ojos bien abiertos.