miércoles, septiembre 22, 2010

A SOLAS EN SU GABINETE

Quizá a este cuaderno le convenga más la privacidad que el excesivo aireamiento. Le pasa lo que a esos libros que, cuando uno los lleva al campo o a la playa, parecen resentirse de que los roce el sol o el salitre. No es ésa mi condición, desde luego. Pero una cosa es la persona y otra los papeles con los que pasa de vez en cuando un rato a solas en su gabinete. Cada cosa tiene su hora, y ni siquiera está claro que la que dedico a este cuaderno sea la mejor del día.

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Sigo con el libro de ciudades y viajes de A.R.T. Si el sevillanismo es una ideología, desde luego se parece bien poco al gaditanismo -que tampoco profeso-. Acaso lo más grato que una ciudad pueda ofrecer a un temperamento introspectivo sea esa capacidad de algunas de abdicar momentáneamente de su realidad física para convertirse en materia puramente literaria. Sevilla la tiene. Y ha tenido también -y tiene- los intérpretes y exégetas que requiere esa gratísima metamorfosis ocasional.

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Iniciar otra novela: emprender un viaje cuyo final se ignora, y en cuyo recorrido avanzar es tan importante como desandar lo andado. Para constatar, acaso, que el final era el punto de partida.

10 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Yo también me hago tu pregunta sobre la privacidad, pero después pienso que si mi cuaderno fuera privado no lo escribiría. ¿Para qué? No sé si esto le pasa a todo el mundo. Otra cosa es la intimidad, como una vez tú escribiste, y me diste que pensar.

Un abrazo.

José María Pérez Collados dijo...

Se escribe para compartir, porque tener lectores es saberse escuchado. Hay muchas anécdotas al respecto del autor que observa como un lector escoge su libro en una librería, e incluso lo sigue a través de ciertas calles.
Lo que comentas quizás tiene que ver más que con la privacidad, con la excesiva exposición personal que se sufre cuando se tiene un blog. Y es que éste es un medio un poco canalla.
¿Comienzas novela? Ya nos dirás cuál es el tema que te preocupa ahora que empiezas la escritura.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Efectivamente, las condiciones de privacidad del blog dan mucho que pensar; y, al mismo tiempo, definen un marco muy especial para la escritura, digamos, confidencial. En cuanto a la novela, sí, la iré anotando aquí algunas vicisitudes de su escritura. De momento, adelanto que es la tercera entrega de la trilogía que empieza con Vacaciones de invierno y sigue con Vida nueva, la novela que acaba de entrar en imprenta y se presenta el 20 de octubre en Cádiz y el 30 de noviembre en Sevilla.

marinero dijo...

No estoy de acuerdo con la idea de que solamente se escriba para ser leído. Hay gente que escribe como terapia, sin ninguna intención de publicar; o sea, escribe para sí misma. Hay quien, en efecto, escribe para los demás; cosa peligrosa, porque puede llevar, incluso inconscientemente, a adaptar lo que en nosotros pide ser dicho al lector que podamos tener en la cabeza. Son dos posturas, en cierto modo, extremas; lo corriente es, imagino, que se combinen en dosis variables, según el individuo y el momento.
Existe una tercera posibilidad, que es la que a mí me seduce más: escribir no para uno mismo ni para los demás (eso puede estar, y seguramente está, al fondo, pero se queda allí) sino para la escritura misma, para lo que uno tiene entre manos, tratando de que eso (no nosotros ni quien lea, que como digo son cosa aparte, y en ese momento, para mí al menos, poco significativa) sea, en lo que de nosotros dependa, lo mejor que pueda ser.
La actitud del artesano, que sencillamente hace la mejor mesa, o cesta, o botijo, que sabe; por el gusto, ante todo, del trabajo bien hecho. Lo otro ya vendrá después, si viene; o habrá venido antes, cuando elegimos (o cuando se nos impone desde dentro) lo que vamos a escribir.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Estoy de acuerdo con esas distinciones. Y, sobre todo, con la matización de que las distintas posibilidades -incluyendo la tercera- pueden combinarse en dosis variables.

Mery dijo...

Qué maravillosa sensación debe ser la de enfrentarse a una nueva novela.
Por otro lado quisiera comentar que la tercera posibilidad de Marinero la veo un poco utópica; estoy convencida de que un artesano busca, finalmente, exponer su producto y venderlo...o al menos provocar la admiración de la gente.
Por supuesto que "fabrica" su obra con amor y esmero, pero no creo que con ello le baste.
Abogo por un pizca de las tres posibilidades.
Un abrazo

marinero dijo...

La posibilidad a la que yo me refería es, creo, menos utópica de lo que parece a la amiga "Mery". Piense, si no, en el caso (por ejemplo) de Emily Dickinson, que murió (y no de repente) sin haber dicho siquiera a sus más próximos la existencia de los cuadernillos en que coleccionaba sus poemas, que sólo por azar fueron encontrados tras su muerte.
Quien, como ella, considera (Borges dixit, hablando precisamente de ED) que "publicar no es parte esencial del destino de un escritor", y por otra parte no utiliza la escritura como mero desahogo personal, ¿por qué escribiría, si no es por esa vocación que nos obstina en un trabajo, en una exigencia interior que lo pide de nosotros?
A un autor latino, creo que Séneca, le reprochaban que se molestase en perfeccionar su escritura en detalles en que sólo muy pocos podrían apreciar esa labor suya. Su respuesta, "me basta con esos pocos, me basta con uno, me basta con ninguno" prueba que la idea (o la "utopía", si ella lo prefiere) es cosa ya antigua.
Ojalá siga siendo también moderna, aunque a veces, efectiva y lamentablemente, pueda dudarse de ello.

Mery dijo...

Marinero, veo que te gusta afinar al detalle.
Insisto en que lo mas común suele ser una combinación de las tres posibilidades, con todas las variaciones que den de sí.
Y, como excepciones que confirman la regla, gracias a Dios,las que tu nombras y unas cuantas mas. Felíz alusión a Emily Dickinson, por cierto.
Un abrazo

marinero dijo...

No es que me guste "afinar el detalle"; es que me gusta la frase de Rilke en el Malte, aquélla de "era poeta y odiaba lo impreciso". Ya que uno no alcanza a la primera parte, la del poeta (quién pudiera), se conforma con la segunda, aunque sustituyendo el odio por una más cotidiana y practicable "incomodidad". Aquí, quiero apuntar que escribir para uno mismo, o hacerlo para los demás, no siempre conlleva la dosis de autoexigencia, afortunadamente tiránica (y no hay oxímoron), que pide este oficio, o esta afición.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muy bien traídos los argumentos y los ejemplos (el de ED me parece indiscutible). Es un placer acoger aquí a tan buenos contertulios. Un saludo.