lunes, septiembre 27, 2010

ULISES

Pensábamos subir hasta Casa Fardela, uno de nuestros paseos favoritos, pero amanece nublado y con la nube encajada en la mismísima montaña por la que pensábamos transitar. Nuestro gozo en un pozo. A cambio, subimos a la ermita, más cercana, y pasamos un rato contemplando el pueblo desde ese punto elevado. Esta luz de día nublado lo apesadumbra un poco, pero también amortigua sus desarmonías y estridencias, que no son pocas, porque también aquí hay más de un despropósito arquitectónico, y también aquí a veces el palpitar de la humanidad se traduce en músicas estruendosas o en el tráfago de coches y motos. El nublado lo apaga todo. Y produce tristeza, sí (la que causa el final del verano, y el hecho mismo de que todo esto suceda en domingo, el día depresivo por antonomasia), pero también esa secreta satisfacción aparejada al cumplimiento de lo que ya el ánimo reclamaba: un apaciguamiento general, una atenuación de todo lo que sobresale y hiere. Ya es otoño, y se nota.

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Por todo el pueblo, carteles que anuncian obras a cargo de no sé qué fondo público. Sumo las cantidades publicitadas: en total, unos 400.000 euros, que se van a destinar a la pavimentación de calles, al remozado de unas cuantas fachadas y a otras obras de poca monta. Uno no sabe nada de economía ni de inversiones. Pero se me ocurre que, con esa cantidad, bastaría para poner en marcha una empresa que diese de comer de manera permanente, pongo por caso, a una docena de familias; y que la única condición que debería ponerse a una inversión de esa clase sería el compromiso de que esa empresa fuera autosuficiente y autónoma en un plazo razonable, y a partir de ahí pudiera devolver lo que el erario público le ha dado; o amortizarlo en obras y servicios prestados a la comunidad, entre los que figurarían las que ahora, aisladamente y sin garantía alguna de que la inversión vaya a producir resultados duraderos, motivan este apunte.

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El libro de viajes de A.R.T. me lleva a releer algunos poemas de Tennyson, del que él ha sido traductor, en una de esas admirables antologías de poesía inglesa editadas por Penguin que me he traído a la sierra para llenar los ratos muertos, que aquí son muchos. Leo "The Lady of Shallott", "Ulysses", "The Lotus-Eaters" y algunos más. Es curioso cómo el tiempo me ha llevado a reconciliarme con este poeta al que en mi juventud consideraba tremendamente previsible y acartonado, como correspondía, según dictaban mis prejuicios, a su condición de poeta oficial y vocero de los valores de la Inglaterra victoriana. Ahora todo eso me da igual, y lo que aprecio en estos versos es su noble dignidad, el dominio técnico que demuestran y, sobre todo, la inteligente comprensión de la naturaleza humana que poseía su autor, y que no pareció embotarse por el éxito y la relevancia pública. Me conmueve, especialmente, el dedicado al protagonista de la Odisea, que en su vejez, según cuenta el poema de Tennyson, vuelve a sentir el prurito de lanzarse a la aventura.

No es que yo me halle en esa tesitura. Pero las impensadas condiciones que me he impuesto para iniciar lo que será la tercera novela de mi trilogía sobre los años de mi adolescencia (la que seguirá a la inminente Vida nueva, cuyas pruebas he corregido en la semana que termina, y que entra ya en imprenta) se parecen en algo al impulso que anima al viejo guerrero en los versos del victoriano. Tendré ese poema por divisa en las próximas semanas, mientras vagabundeo por ahí, en busca de datos para esa novela que transcurre en un Madrid pretérito, tan inasible como las fantásticas regiones que visitó el griego en su periplo de juventud, y a las que ahora necesita volver.