viernes, septiembre 17, 2010

UN BOTÓN

Han querido las circunstancias que estos primeros días laborables después de vacaciones mi rutina se inicie con una larga caminata desde la periferia hasta el punto más o menos céntrico donde se ubica mi puesto de trabajo. No es poca suerte, porque, si algo tiene el mes de septiembre que ofrecer a los escépticos que encaran el comienzo de un nuevo ciclo laboral, es precisamente la transparencia de sus amaneceres, que se extiende incluso a factores que nada tienen que ver con la mera realidad física de la luz. Recorre uno estas calles ocupadas, primero, por naves industriales, y luego por modestos comercios de barriada, y en todas advierte la misma pugna: negocios cerrados, recientemente o desde tiempo inmemorial, frente a otros que animosamente levantan la baraja a primera hora del día; naves arruinadas, habitadas por gatos, frente a otras en las que media docena de trabajadores –casi nunca más– pugnan con una cizalla o con la llama de un soplete.

Imagino que la salud de un país se dirime en esta cuestión tan sencilla: si son más quienes encuentran motivos para el esfuerzo que quienes se ven obligados o inducidos a tirar la toalla. De estas constataciones extrae siempre uno algún motivo para un cauto optimismo, siquiera sea porque, entre quienes madrugan, siempre son más los que trabajan que los ociosos. Decía la leyenda que, mientras hubiese media docena de justos en el mundo, Dios no desataría su ira contra el resto. Lo mismo puede decirse respecto al esfuerzo: mientras haya unas decenas de individuos que se levantan temprano para iniciar sus misteriosos quehaceres –nada más misterioso, en fin, que el danzar de la lluvia de chispas contra el hierro, o que las minuciosas contabilidades de esa tiendecilla que vive de vender cintas y botones–, podremos decir que somos parte de un cuerpo social mínimamente solvente.

No es mucho. Un mal viento, lo sabemos –una ola de pánico financiero, por ejemplo–, basta para extinguir incluso estos heroicos atisbos de laboriosidad. Me contaba un panadero que hubo de cerrar su negocio porque una conocida franquicia de ese ramo abrió una sucursal justo al lado de su panadería y durante todo un año ofertó el pan a mitad de precio, hasta arruinarlo. Y me hablan por otra parte de empresas a las que sobra el trabajo, pero a las que los bancos les niegan el mínimo caudal de dinero contante y sonante que necesitan para financiar su negocio. Se ve que no basta el esfuerzo: el sistema tiene también un componente azaroso, del que es difícil sustraerse. Hay que tocar madera.

Mientras tanto, tiene uno la impresión de que la pugna la ganan, de momento, quienes mantienen el taller abierto y quienes levantan la baraja a primera hora. De gente como la mercera de la que hablaba antes. Acaso deberíamos entrar todos en ese modesto comercio y comprarle un botón.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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