viernes, octubre 22, 2010

ALEGRÍA

Antes de que las exclusivas periodísticas y el afán de morbo consigan estropearnos esta hermosa historia, hay que decirlo sin ambages: el portentoso rescate de los treinta y tres mineros chilenos atrapados en su mina ha sido el único acontecimiento mundial de los últimos lustros que me ha hecho feliz. Más, incluso, que la victoria española en el mundial de fútbol; porque, aunque ésta me alegró, como a cualquier hijo de vecino, no dejaba de ser una alegría que operaba por simple contagio. Y, además, también en ella concurrieron detalles que me recordaron que éramos quienes éramos, y que ni siquiera un estallido de felicidad colectiva era capaz de hacernos olvidar nuestros resabios; y por eso hubo quien se encargó de constatar, con el celo de un comisario político, que algún que otro jugador no quiso envolverse con la bandera nacional y prefirió la de su región; o que el presunto triunfo patrio era, en realidad, del club que más jugadores había aportado a la selección…

Pero veo la alegría, mucho más fundada, de los chilenos, veo su ufano despliegue de banderas, veo la buena voluntad y la incontestable eficacia con que han actuado sus gobernantes, y no puedo evitar una constatación melancólica: yo también quisiera vivir, aunque sólo fuera por unos días, en un país que no sólo se uniera bajo el peso del dolor, como lo hicimos nosotros por unas horas cuando el atentado del 11 de marzo de 2004 contra los trenes madrileños, por ejemplo… Decía el novelista que todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz tiene sus propias razones para sentirse desgraciada. Esto puede que sirva para describir las peculiaridades del comportamiento privado, pero en ningún modo las del proceder colectivo. El dolor es un poderoso aglutinante de voluntades. Pero ¿cuántos estarían dispuestos a alegrarse sin más con el vecino, con el que seguramente mantienen soterradas disputas? Pienso en los políticos españoles: cuántas acusaciones mutuas habrían cruzado, cuánta incomprensión e impaciencia habrían demostrado en un caso como éste. Pienso incluso en la prensa española, tan atenta a esos aburridos rifirrafes: cuántos listillos de columna diaria habrían querido darle lecciones al gobernante de turno sobre qué técnica usar para taladrar la roca; o qué no habrían dicho sobre los intereses ocultos que pudiera haber tras la decisión de las autoridades de contratar los servicios de unas compañías y no otras… Y, a lo mejor, hasta hubieran llevado razón, porque cuando una nación entera actúa bajo el imperativo de la desconfianza, todo se enturbia inevitablemente.

Así que me alegro por los chilenos, por su sencilla alegría, por su patriotismo, por su contagiosa empatía con quienes sufrían. Esta especie de catarsis colectiva sin duda les ha hecho todavía mejores. A nosotros no hay quien nos arregle.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Raúl dijo...

Hay sin embargo algo en toda esta historia, incluso sin querer obviar la vertiente de "emoción nacional" que tan bien resaltas, que ciertamente me preocupa. Hablo no tan solo de la repercusión mediática que el magnífico rescate ha tenido, sino, más bien, la forma en la que dichos medios se han enfrentado a la noticia.
Vamos, que Wilder ya la retrató en esu magnífica "El gran carnaval".. y sólo corría el año 1951.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, yo creo que esta historia desmiente algo la cínica visión de Wilder, aunque sólo sea porque el contexto es distinto: Wilder retrata una sociedad regida por el principio del lucro personal y privado, mientras que en lo de Chile es el estado el que ha tomado las riendas. No es que esto sea lo deseable siempre, pero en algunas coyunturas puede contribuir a evitar la trama de intereses creados que tan bien retrató Wilder. El estado tiene los suyos, qué duda cabe. Pero, en determinadas situaciones, responde ante la opinión pública, y eso es seguramente lo que ha obligado al estado chileno a mostrarse extremadamente eficaz.

Mery dijo...

Creo que todo el cautiverio y posterior rescate de los mineros afectó incluso a estos españolitos enzarzados en disputas nacionalistas. Hubo una especie de "alianza emocional de civilizaciones" (mira por dónde le hubiera venido ésto al pelo a nuestro Presidente).

Probablemente la sencillez de sus gentes y la eficacia técnica y operativa del acontecimiento, sea de los actos mas fraternales que hayamos visto en mucho tiempo, en eso tienes razón.
Un abrazo