martes, octubre 19, 2010

DECÁLOGO DE LAS TRILOGÍAS

Presentar un libro - es decir, dar cuenta pública de sus motivos, de su siempre dudosa pertinencia, de las expectativas con que uno lo lanza a la calle- viene a ser una manera de desembarazarse de los hábitos y obsesiones generados mientras uno lo incubaba. Pero si este necesario proceso higiénico coincide con el de iniciar un nuevo libro, la cosa se complica: es salir de una enfermedad, digamos, para sumergirse alegremente en otra. A eso equivale la escritura de una novela triple: a aceptar gustosamente atravesar tres gripes seguidas, por miedo a que una no hubiese bastado para apurar todos los matices de la enfermedad.

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Trilogías, trípticos: un reflejo literario natural, tan lógico como que un argumento tenga planteamiento, nudo y desenlace, o una tesis venga seguida de su antítesis y síntesis. O lo que se dice del verdadero Dios, que es uno y trino.

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Aunque a lo que verdaderamente se parece una obra triple, o cuádruple (véase el Cuarteto de Alejandría) o incluso quíntuple es... a la visión multifocal de los insectos: a la esperanza de hacerse una idea clara de la realidad mediante el procedimiento de yuxtaponer múltiples miradas. O a la conciencia clara de que cada una de esas miradas simples, posiblemente más nítida que la suma de todas ellas, es insuficiente. Lo que no quiere decir que el conjunto deje de serlo.

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Acaso no haya trilogía que no aspire a convertirse en algo más. ¿Serían los Episodios nacionales de Galdós o En busca del tiempo perdido de Proust otras tantas trilogías salidas de madre?

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Tampoco hay trilogía que no aspire a que la posteridad lea sus tres entregas publicadas en un solo tomo. O lo que es lo mismo: no hay trilogía que no quiera llegar a ser, con el tiempo, una obra única.

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El lector de la tercera entrega de una trilogía es siempre el más afortunado: juega sobre seguro; y, si acaso, se ha ahorrado los tanteos, los primeros pasos indecisos. Siempre puede leer el resumen de lo anterior en la solapa del tercer tomo.

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Una trilogía verdaderamente lograda, y en la que se mantiene el principio de que cada entrega sea válida por sí misma y el de que el conjunto no sea una mera acumulación de novelas dispares: la "trilogía espacial" de C. S. Lewis. Cuando empecé a leerla, ignoraba que los tres títulos formaban un conjunto, y sólo compré dos: la segunda y tercera entregas respectivamente, encontradas en una librería de viejo. Luego rogué encarecidamente que se reeditara el primer tomo, lo que no sucedió hasta unos diez años más tarde. Cuando por fin pude hacerme una idea cabal del conjunto, descubrí una nueva característica de las trilogías: el orden de lectura no siempre importa, pero cada una de las entregas que el lector suma a su haber modifica sustancialmente el valor del conjunto.

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Una manera indecente de leer una trilogía: los tres libros a la vez, entremezclados, como en uno de esos tríos sexuales de los que tanto nos deleita oír hablar, pero en los que nunca quisiéramos vernos implicados.

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Si Dios inspirase sólo trilogías, la Biblia sólo tendría tres entregas. Y en función de cuáles fuesen esas tres, la visión del mundo resultante sería diametralmente opuesta. Puede que cada época haga inconscientemente esa elección. El siglo XX eligió el Libro de Job y el Eclesiastés (o quizá el Apocalipsis). Y luego, para alegrarse un poco la vida, y cuando ya era tarde, el Cantar de los cantares.

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También una trilogía puede equivaler a un fracaso triple. O lo que es lo mismo: quien yerra el primer golpe, yerra los tres.

3 comentarios:

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Mucha suerte en la presentación y un fuerte abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Javier. Un abrazo.

Juan V. Fernández de la Gala dijo...

Una trilogía de felicidades, José Manuel.

Me he acordado también con tus palabras de la trilogía fantástica de Ítalo Calvino: TRES libros que hablan de UN hombre enfrentado al mundo, o dividido en DOS o reducido a NADA.

Un cordial saludo

JV