viernes, octubre 29, 2010

EL ASFALTO

Debajo del asfalto está la playa”. O eso rezaba uno de los eslóganes más difundidos del llamado “mayo francés” de 1968. Ahora que una nueva oleada de protestas cívicas (o incívicas) sacude el país vecino, no han faltado nostálgicos de aquella revolución que se quedó en los preliminares, y cuyo verdadero desenlace fue la movilización masiva del voto conservador para darle al entonces hombre fuerte del país, el general De Gaulle, el más sólido y numeroso apoyo con el que contó jamás. Naturalmente, los nostálgicos lo son de las asambleas al aire libre, de los eslóganes arrebatados y de las posibles noches de amor en los pasillos de las facultades ocupadas; y no, como es de suponer, de aquella rápida reacción social que devolvió las aguas a su cauce en menos que canta un gallo. Aunque lo curioso de esa nostalgia, hecha hoy materia de artículo de opinión, es que puede constatarse por igual en los columnistas de derecha que en los de izquierda. En los segundos es comprensible; en cuanto a los primeros, ¿quién dice que no es bella también la melancolía del converso? Porque una cosa está clara: se puede llegar a desarrollar un temperamento conservador –de derechas o de izquierdas– por convicción, por el sereno decantarse de las ideas en el tiempo. Pero el entusiasmo, el verdadero entusiasmo, sólo se siente una vez, aunque se aplique a lo inviable o incluso a lo perverso. Y es legítimo dolerse de su pérdida, aunque sea a cambio de haberse provisto de convicciones mejor fundadas; o no, quién sabe.

Sea como sea, la actual ola de protestas en Francia nos está dando que pensar. Por un lado, se ha puesto de manifiesto la abismal diferencia que hay entre una protesta pactada y domesticada, como la llevada a cabo por los sindicatos españoles contra los “ajustes” –es decir, los recortes en el estado de bienestar– llevados a cabo por nuestro gobierno, y una protesta que no se aviene a la componenda fácil. La sociedad francesa tiene muchos defectos, como todas; pero una de sus virtudes es la excelente salud que allá gozan los mecanismos sociales de respuesta al poder político. A mí no me cabe duda de que el sustrato conservador, claramente mayoritario en el país vecino, premiará al actual presidente si éste sabe resistir la presión de la calle. Pero, en el fondo, incluso esa mayoría silenciosa y conservadora sabe que puede estar satisfecha de formar parte de una nación donde la sociedad civil todavía conserva la capacidad de hacerse oír.

Mientras tanto, pisa uno el asfalto y se pregunta si, por una vez, no serán verdaderos los axiomas de la vieja Europa protestataria. ¿Hay playa o no bajo nuestros pasos? Aunque también es posible reformular el eslogan de este modo: debajo de los cristales rotos y la basura quemada por las revueltas está… el asfalto, precisamente. Y da gusto caminar sobre él.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

marinero dijo...

Sólo una indicación: si recuerdo bien, el eslógan que se cita era realmente "Bajo los ADOQUINES están las playas", invitando, creo, a levantar los primeros, que se utilizaban como armas arrojadizas contra la policía.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, la memoria me ha fallado. Tomo nota para una posible reescritura del artículo. Gracias.