viernes, octubre 01, 2010

EL DOBLADILLO

Pese a los anunciados rigores otoñales, la bonanza del tiempo nos ha seguido manteniendo en una agradable prolongación del verano. Se nota en el ánimo, todavía libre de los efectos del inminente cambio de horario que oscurecerá las tardes, y en la vestimenta. Las calles atestadas a media mañana son un desfile de sudorosos hombres en mangas de camisa y apresuradas mujeres que, por mor de las costumbres indumentarias, sobrellevan mejor las calores gracias a sus etéreas blusas y a la venia general para llevar piernas y hombros al descubierto. No quiere uno dar la impresión de ser un mirón, pero sería negar la evidencia no reconocer que ese panorama alegra la vista y redunda, allá donde se da, en una atmósfera de sano optimismo. En otras sociedades las mujeres van cubiertas de trapos de la cabeza a los pies; y eso, que puede ser muy respetable desde un punto de vista meramente cultural o antropológico, no parece corresponderse, en cambio, con los indicadores de progreso humano o material universalmente reconocidos. En Occidente, al menos, la desnudez absoluta o relativa ha tenido siempre un cierto prestigio. Era prerrogativa de los dioses, como muy bien sabían todos los artistas que se esforzaron alguna vez en representarlos. Desnuda está la Venus de Milo. Desnudas están las figuras divinas que cubren la bóveda de la mismísima Capilla Sixtina.

Por eso merece algún crédito, me digo, la curiosa “teoría del dobladillo”, de la que se ha vuelto a hablar en estas últimas semanas con motivo de los desfiles de moda que se han celebrado en distintas ciudades. Han proliferado en éstos, al parecer, las faldas largas, y se ha recordado que ya en los años veinte algún economista diagnosticó que éstas eran signo de crisis, mientras que las cortas indicaban ciclos de optimismo y prosperidad. Cortas –para lo que se estilaba entonces– fueron las faldas en los alegres años veinte, en los prometedores sesenta, o en la década hedonista que se extendió desde mediados de los ochenta hasta el comienzo de la aciaga y confusa “globalización” que hoy nos atenaza, en la que conviven peligrosamente el desenfadado desaliño urbano que predomina en Occidente y el rigor que preconizan los habitantes del desierto... Y largas han sido en todas las demás: en los años de la Depresión y la guerra, en la nihilista etapa
hippy, y, por lo que se ve, en la que ahora se avecina. Cubrirse, dicen los observadores, indica incertidumbre y miedo. Y eso es lo que toca.

O no. Porque la calle, que siempre va un poco a rebufo de lo que se exhibe en las pasarelas y de lo que dictan las estadísticas, sigue apostando por la pierna descubierta, por el impredecible vuelo de la telilla ingobernable alrededor de unos muslos bien plantados, por los escotes y los hombros al descubierto… Eso parece. Claro que el invierno está aún por llegar.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Olga Bernad dijo...

No había caído en esa relación entre la largura de la falda y la economía, pero puede que sí, que cubrirse indique incertidumbre y miedo. Siempre nos quedará el arte y los dioses... y el sano "despiste" callejero;-)
Saludos.

eutelia dijo...

Pues yo creo que la interpretacion economica de la moda la hacen un par a posteriori, encadenando circunstancias como si fueran relaciones.

Tara dijo...

pero a pesar del largo de la falda... "los que se fijan en la moda para prevenir tiempos futuros" se han dado cuenta de las exageradas transparencias que luciran nuestros fantambulosos cuerpos para la primavera-verano del 2011?

ese lucir sin miedo de senos, pantorrillas, vientres y posaderas nos acerca a un periodo de incertidumbre?

dónde hay que apuntarse que firmo ya!!