lunes, octubre 04, 2010

FLORES AJENAS

Lo malo de los buenos aforismos es que, por su brevedad, uno se siente tentado a citarlos, es decir, a copiarlos, lo que equivale a adornar el jardín propio con flores ajenas. Es lo que hago aquí con éste de Enrique Baltanás, perteneciente a su libro Minoría absoluta, que he leído este fin de semana (buena parte de él en voz alta, porque no podía evitar compartir con quienes me rodeaban algunas de las certeras formulaciones que aparecen en sus páginas):

No estoy seguro de que en el cielo hablemos latín, pero sí de que en el infierno hablaremos en esperanto.

Absolutamente de acuerdo, amigo Baltanás (otra de las cualidades de los buenos aforismos es que no cuesta imaginar que uno los ha pensado también).

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También he estado leyendo lo que parece ser la edición definitiva y completa de ese libro o cuaderno inédito del que solía aparecer una muestra al final de todas las antologías de Blas de Otero: Hojas de Madrid, seguido de La galerna. Lo compré por un impulso sentimental: hace años que no releo a Blas de Otero, pero tengo bien presentes un puñado de poemas suyos que me gustan mucho, como algunos de los que dedicó a su Bilbao natal... Y no esperaba mucho de este libro nuevo, porque lo que suele publicarse de él en las antologías son largos poemas versiculares, monótonos y doctrinarios, que no resisten la comparación con sus poemas más certeros y concentrados.

Pero hace uno bien en seguir sus impulsos. Este tocho de casi cuatrocientas páginas contiene, en efecto, muchos textos que apenas son poemas, y sí largas, o cortas, retahílas complacientes, en los que el poeta gusta de citarse a sí mismo o retratarse bajo esa luz favorable bajo la que suelen verse los portadores de determinadas ideologías que, al parecer, ofrecen respuesta para todo. Pero, en medio de esa ganga -que puede leerse, en fin, como la argamasa que presta uniformidad tonal al conjunto, o como meros apuntes diarísticos-, hay un cierto número de poemas que realmente están a la altura de lo mejor que el bilbaíno escribió nunca. Algunos sonetos, por ejemplo (pienso en uno que titula "Fonseca" -en alusión a la conocida marca de puros cubana-, en el que el humo del tabaco y el alma se equiparan; o en el que pensó como colofón al libro, "Todo lo humano", o el que titula "El huerto" y es una evocación de Orozco, un pueblo vizcaíno asociado a la infancia del autor), o muchos poemas de amor, como el "idilio" casi juanrramoniano que concreta en el poema titulado "Nadie".

He sentido al leer estos poemas una clase de emoción que hacía mucho tiempo que echaba de menos en la poesía más o menos "inteligente", pero casi nunca cordial, que suele caer en mis manos. Ha merecido la pena el viaje.

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Ya tengo casa en Madrid.

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