lunes, octubre 25, 2010

MINIATURA

Quizá éste haya sido el primer día desde el fin del verano en el que el sol verdaderamente no pesaba; es decir, el primer día tocado de esa levedad que es característica del otoño. A nueva luz, nuevas realidades. Como para confirmarlo, estas dos desmesuras que nos salen al paso por esta vereda por la que nunca antes habíamos paseado: un majuelo o espino albar gigantesco, del tamaño de un árbol, y cargado de su característico fruto rojo; y una vaca que, a diferencia de todas las demás junto a las que pasta, tiene los cuernos vueltos hacia abajo, pegados al rostro, lo que le da una fisonomía extrañamente maligna. Me sorprenden estas dos anomalías, que dan al paisaje una curiosa cualidad de miniatura gótica poblada de criaturas simbólicas. Anda uno cabizbajo, quizá por todo lo comido y bebido el día anterior, que fue de celebración. Tal vez por eso el paisaje anda disfrazado de alegoría: quiere transmitirme alguna clase de lección moral. Pero tampoco acierto a descifrarla.

***

He dejado estos tres libros en la casa de la sierra: Nada, de Carmen Laforet, que he releído estos días; y los dietarios de Javier Sánchez Menéndez y Rafael Fombellida, que he leído este fin de semana. Se ha consolidado la costumbre de dejar en esta casa los libros que leo o termino en ella, lo que me crea alguna desazón, porque acaso una biblioteca no pueda existir dividida, con una parte aquí y otra allá. Pero también cabe ver las cosas de otra manera. Si una biblioteca equivale a un retrato de la persona que la ha formado, es posible que ese retrato deje de ser fiel en el momento en el que sobre éste empiezan a acumularse pinceladas que no le son propias, lo que, en el caso que nos ocupa, se trasluce en todos esos libros que llegan a casa por azares que no dependen de uno, por obligaciones no queridas, o por esa curiosa fuerza magnética que hace que una masa de libros atraiga hacia sí a otros libros que le pasan cerca, y que contribuyen así a acrecentarla. Por eso, cuando ese pretendido retrato sufre estas deformaciones, no parece del todo inoportuno plantar la semilla de una nueva biblioteca en otra parte. Miro los libros que se me han juntado ya en ésta: algunos clásicos (Shakespeare, Cervantes, Dickens), algunas de las lecturas que más me han calado en los últimos meses (Morla Lynch, Grossman, Trapiello), algunos libros de amigos. Sí, qué duda cabe: esta nueva instantánea se parece algo al lector que soy hoy. Habrá que ver por cuánto tiempo se mantiene el parecido.

***

También están aquí los libros japoneses de M.A. Pero ellos hacen rancho aparte. Eso sí, en buena armonía con el resto. Se me olvidaba decirlo antes: una biblioteca compartida necesariamente es una foto compuesta.

4 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Está bien tener libros aquí y allá, desprenderse del libro como objeto que busca un lugar entre los objetos y darlo al desorden. Así he vivido (vivo) durante años. Querrán los demás, es mi caso, el orden, pero a mí me agrada tener libros por todas partes, no tener un lugar al que uno se afilia como un obrero cualificado. Dejar libros. Una especie de bookcrossing doméstico. Eso.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí. Aunque, como digo, incluso esos conjuntos desgajados del orden pretendido buscan su propio orden, componer su propia figura. Un abrazo.

conde-duque dijo...

Pues por aquí ya llevamos unos días tiritando...
Si tuviese más de una casa, tendría más de una biblioteca, pero por ahora sólo tengo una (y de alquiler), así que los libros se me amontonan en pilas. No se cuándo los tirará a la basura mi mujer (o me echará de casa). Por ahora sólo me ha amenazado con llevarse unas cajas a Moyano.
Un saludo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Lo de llevar los libros a Moyano es también una buena solución a las distorsiones a las que me refería. Un abrazo,
JM