lunes, octubre 18, 2010

PERDICES

Si uno fuera Miguel Delibes, dedicaría a este paseo por un pinar y al tableteo de las perdices -y al vuelo torpe de las que nos van saliendo al paso, o salen espantadas cuando me oyen quebrar una rama- una de esas páginas de prosa precisa y acerada que éste dedicaba a la caza en el suplemento Blanco y negro, hace años. A mí no me gustaba la caza, ni entonces ni ahora, pero me parecía, y me parece, mucho más difícil y meritorio encajar un adjetivo exacto o dejar trazado en una línea el vuelo de un bando de perdices que acertar a derribar una de un disparo. Disparos como los que oímos muy cerca, mientras vamos llenando nuestras bolsas de piñas caídas y ramas secas, de las que pensamos servirnos para prender el fuego en el largo invierno por venir. De no ser por esos disparos, en el pinar reinaría un silencio solemne, sólo interrumpido por el ya mencionado canto de las perdices y el piar de otros pájaros, además de nuestros pasos. Hace una mañana de otoño espléndida, diáfana. Ni frío ni calor, sino la temperatura justa para que no resulte pesada la caminata. Uno quisiera vivir siempre en estas estaciones intermedias. Pero ya se sabe que sólo duran unos días, unas semanas a lo sumo. Y que hay que prepararse para lo que ha de venir. De ahí estas piñas secas, estas ramas. Y ese horizonte de disparos lejanos, espaciados: el ruido del mundo, que pone siempre la música de fondo, discordante, a la felicidad.

2 comentarios:

Mery dijo...

Esta entrada la saboreo como miel sobre hojuelas: hace unos días anduve entre pinares recogiendo piñas para el mismo fin. Y dentro de poco volveré al mismo recorrido.
Dios bendiga esos momentos de pureza y gloria.
Un abrazo

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Es uno de los ritos otoñales. Me alegro de que te haya gustado la entrada.