lunes, octubre 11, 2010

SACHLICHKEIT

Encuentro a J.A.M. en faena ante lo que, por detrás, me parece que son dos lienzos. Le digo: "¿Es que ahora pintas los cuadros de dos en dos?". Pero cuando llego a su altura veo que lienzo sólo hay uno, y que lo otro es... un espejo. El pintor está pintando su autorretrato. Con su maestría habitual, todo hay que decirlo. Pero en su presencia me guardo el elogio, que cambio por alguna que otra pulla respecto al narcisismo que implica encerrarse con un espejo y dedicarse durante horas, o días (me dice que éste es el tercero que dedica al cuadro en cuestión), a contemplarse en el mismo. Disparo con pólvora mojada, claro; o, en todo caso, con esa clase de munición que hiere más a quien la emplea que al destinatario; porque ¿qué otra cosa hace un escritor sino mirarse toda la vida al espejo; esperando, de pasada, que ese espejo sea lo bastante grande para que también tengan cabida en la imagen -y, a veces, protagonismo- las figuras del fondo?

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Leo en este fin de semana Fuera pijamas, el libro de microrrelatos de mi amigo Antonio Serrano Cueto. El fin de semana pasada fue el libro de aforismos de Baltanás: me estoy convirtiendo en lector de brevedades, lo que no parece que sea malo (en estos casos, al menos), pero sí que define bastante bien a un hombre apresurado, al que asustan los tochos de quinientas páginas, por ejemplo.

Éste de Antonio Serrano tiene poco más de cien; pero, a cuento por página, su lectura exige un esfuerzo sostenido de atención y el frecuente recurso a la relectura de aquellos que, por haber sido abordados en un segundo de distracción, no han sido entendidos a la primera. No quiero insinuar con esto que la lectura de este delicioso librito haya sido fatigosa o aburrida: todo lo contrario, y eso a pesar de que, lo confieso, éste es el primer libro de microrrelatos que leo como es debido; es decir, no limitándome a pasar las páginas y a picar aquí y allá, intentando encontrarle la gracia a un género hacia el que me siento más bien refractario; y que, como el aforismo, rara vez he practicado de manera deliberada, y ello a pesar de haber sido incluidos algunos presuntos microrrelatos míos en un par de antologías... No lo eran, o lo eran sólo por aproximación, o por una estima meramente cuantitativa: porque eran cortos (aunque podían no haberlo sido), o porque, habiendo sido escritos bajo las premisas de otros géneros (artículo, entrada de diario, etc.), terminaron adquiriendo, por casualidad, características de relato breve.

No es éste el caso de los de Antonio: sus cuentos han sido concebidos desde el imperativo de intensidad y brevedad que exige el género; y, por lo mismo, estilísticamente están absolutamente despojados de ciertos elementos que delatan al texto breve concebido bajo otras premisas: no hay en ellos nada que parezca confesional o sentimental, no hay apenas lugar para que el escritor insinúe algo parecido a un punto de vista o juicio de valor respecto a lo que cuenta; y el tono predominante, como no podía ser de otra manera, es el que corresponde a un espectador ingenioso, distante y objetivo, a la vez que dotado de un afilado sentido del humor.

He disfrutado con estos cuentos, y es posible que su lectura me haya reconciliado, espero que definitivamente, con el género. Tras la lectura de un buen libro de microrrelatos el lector siente que el lenguaje común ha alcanzado nuevas cotas de precisión e intensidad, como en la poesía, sólo que la intención, aquí, no es hacer poesía, sino... otra cosa. Otra cosa que puede ser diametralmente opuesta, incluso, a la poesía. Y que, por tanto, es poesía también. Esa poesía desolada de la que están excluidos los sentimientos, pero no la inteligencia; como, pongo por caso, en algunos poemas de Rilke. La Sachlichkeit del poeta praguense podría ser, desde este punto de vista, la mejor poética posible de este género en boga.

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(Caigo ahora en la cuenta de que las dos entradas anteriores hablan de lo mismo, o casi.)

1 comentario:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Querido José Manuel, muchas gracias por tus palabras. Es el primer comentario que recibo de un lector del libro y, viniendo de ti, me siento muy honrado. Yo he querido hacer un libro sencillo, donde los relatos fuesen variados (en contenido y tono) y el narrador, como bien dices, se limitara a ser espectador. Si además logro arrancar alguna sonrisa o, incluso, la necesidad de una relectura, me doy por satisfecho. Un fuerte abrazo.