lunes, noviembre 01, 2010

APPLE MARTINI

Largo paseo matinal por Madrid. Llueve, escampa, llueve, escampa. Se enfunda uno el gorrito de pescador que saca los días de lluvia, y, cuando menos se lo espera, siente el sol calentando la tela impermeabilizada. Día extraño, un sí es no es desazonador, como la propia circunstancia en que me hallo. Tengo un mes por delante para explorar estas sensaciones de la soledad. Ah, sí, se me olvidaba: y para encarrilar una novela de la que ya tengo el ambiente, los personajes, el final..., pero no lo que ocurre en medio, que es lo que he venido a descubrir.

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Mientras tanto, mis pasos me llevan a una exposición sobre Fellini y su mundo. En principio, una recopilación algo complaciente de lugares comunes en torno al cineasta. No hay, como suele ocurrir en estas ocasiones conmemorativas, ningún intento de separar lo mejor de lo menos bueno. Y eso que lo mejor de Fellini (La Strada, Las noches de Cabiria, La dolce vita) puede figurar, sin lugar a dudas, entre lo más granado que ha deparado el séptimo arte. No así, claro, las películas narcisistas, autocomplacientes, que empezó a dirigir después de Ocho y medio. Incluso ésta puede considerarse una gran película, si no se acuerda uno de que fue el comienzo de una deriva que condujo a un cine deslavazado, improvisado, casi de amateur, dirigido sólo a los incondicionales.

De la exposición me quedo, no obstante, con dos cosas: el énfasis que alguna de sus secciones hace en que, a pesar de la predisposición de Fellini a sacar en sus películas toda una galería de fenómenos de feria, la mirada que proyecta sobre ellos no es burlona o cruel, sino básicamente compasiva; y lo que se dice en algún momento sobre su método de trabajo: que, cuando se disponía a iniciar una película, ponía un anuncio en el periódico y se sentaba a esperar que acudieran a verlo todos los chiflados que creían que podían aportar algo a la misma; hasta reunir un copioso material del que solamente aprovechaba una centésima parte, sí, aunque el resto, afirma, no podía darse por desperdiciado: había contribuido lo suyo a tejer la atmósfera, la tonalidad final de lo resultante.

Anda uno en esa etapa un poco narcisista del trabajo propio en el que, cuando lee las confidencias de otro respecto a sus creaciones, tiende a asimilarlas a las intuiciones propias. Es un reflejo vanidoso, claro, que hay que combatir. Pero qué afines me parecen, ahora, esas entrevistas a fondo perdido del cineasta, tan parecidas a mis propias indagaciones sin rumbo, ramificadas, dispersas, a a las que me cuesta imprimir un rumbo más definido, porque intuyo que todas las impresiones recibidas en este periodo previo tendrán su peso, su influencia, en el resultado final.

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Y entre unas cosas y otras, me llega la hora de comer, y no me veo con ánimo de hacerlo en el centro, en medio de las multitudes ruidosas que ha congregado aquí el puente festivo. Me alejo de esas calles atestadas, voy descartando uno a uno un sinfín de restaurantes y bares muy prometedores, sí, pero en los que desentona claramente la presencia de un solitario; al que, a lo mejor, como ya me ha sucedido en otras ocasiones, ni siquiera le dan mesa, por eso de no comprometer un espacio con quien va a dejar tan poca ganancia. Dudando, dudando, llego a la periferia, donde el caso es justo el contrario: los bares desiertos tampoco invitan a entrar. Finalmente, llego a casa; y, gracias a la laboriosidad de los tenderos chinos, que nunca cierran, me procuro un paquete de spaghetti, unas cebollas y una lata de atún, y con eso avío el almuerzo.

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Y la noche, que termina en Del Diego, en la calle de la Reina. Mi acompañante me dice que no cambiaría a una cincuentona por ninguna otra mujer, y la verdad es que aquí las hay elegantísimas, muy guapas, muy ricas. Se diría que aquí nadie se pregunta por el precio de los cócteles, y por eso no figuran en la carta. Tomamos unos cuantos apple Martini. Y con eso el día, que había empezado bajo una tonalidad más bien pesimista, cambia de signo.

5 comentarios:

Paco Velázquez dijo...

¡ÁNIMO, JOSÉ MANUEL!

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Paco. Ya me han contado algo del acto del sábado. Enhorabuena, y gracias por acordaros de mí.

Eutanasio Pelaez dijo...

¡Indignación! ¿Cine deslavazado y amateur? ¿Estamos hablando de Amarcord, "E la nave va", Toby Dammit, Casanova, Roma, Satiricón? Creo que eso de que "El primer Fellini es el que vale" es uno de los tópicos mas falsos y poco informados de la charlataneria cinematográfica moderna con la que nunca esperaba verle mezclado. Le sugiero una revisión, con el debido respeto. Como diría el capitán Willard, acusar a alguien de narcisismo en este mundo de artistas es como multar a alguien por exceso de velocidad en la carrera de Indianápolis. Y a mi que me encanta su anterior novela que a veces me recuerda a "Amarcord"... Ahora resulta que "Amarcord" es narcisista... vaya.
Y Por cierto, tampoco estoy de acuerdo con su compañero de paseo en lo de las cincuentonas, eso no es mas que una pose. La edad no es un baremo salvo lo impuesto por la ley.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hombre, no me eche a los leones por una simple cuestión de gustos. A mí me gusta más la serenidad y el clasicismo de esas primeras películas que lo demás, eso es todo. "Amarcord", por cierto, no me gusta nada, y siento que mi novela se la recuerde. Creo que lo que le falla a esa película es la extraña mezcla que exhibe de melancolía e ironía más bien poco compasiva. Falla el tono, que es lo principal en cualquier obra de arte, sea novela o película. En cuanto a lo de las cincuentonas, le aseguro que mi compañero hablaba con fundamento.

Mery dijo...

Estoy segura de que vas a encontrar sobrados rastros para ocupar el centro de tu novela; Madrid es prolífico en anécdotas de todos los signos, ya lo estarás comprobando.

Tus primeras reflexiones, tal como se reflejan en esta entrada, ya resultan muy esclarecedoras.
Un abrazo