lunes, noviembre 15, 2010

CONSTATACIONES

Fin de semana resuelto en una serie de largos y fructíferos paseos. El primero, de contenido preferentemente gastronómico, el viernes. Por indicación mía, quedamos en La Venencia, en la calle Echegaray, en homenaje a mi amigo el pintor J.A.M., que siempre me ha celebrado mucho este sitio. Encanto bohemio sí que tiene; aunque me sugiere V., uno de los convocados, que incluso la mugre es falsa, y es más bien un efecto pictórico... No sé. La manzanilla, en todo caso, es buena, como lo es también la de El Patio, en la casi inmediata calle Arlabán, en la que V. es recibido muy cariñosamente, como reciben en estos locales a los compadres y amigos de toda la vida (él lo es, por vía paterna). Se siente uno un poco extraño en estos ambientes andaluces un poco de pega, aunque ni el vino ni la butifarra al estilo de Chiclana lo sean... Y pasa uno sin remordimiento de este exotismo cercano a este otro, algo más impostado, del Edelweiss, que es el restaurante que J. ha sugerido para almorzar. Cocina alemana, cerveza en jarras de cerámica, fotos del Berlín de entreguerras... Sólo falta que nos calentemos y entonemos el Deutschland über alles, el himno alemán, del que no se canta ya más que una estrofa, pues las otras han quedado asociadas a los fervores nacionalsocialistas... La comida, en cualquier caso, resulta tan apabullante como la más exaltada efusión nacionalista. La mini-bomba, que incluye codillo, chuleta de Sajonia, salchichas, puré de patatas y Sauerkraut, nos deja a todos anonadados. Para digerirla, vamos al O`Donnell, una taberna más o menos irlandesa de la calle del Príncipe, en la que tenemos un pequeño altercado con la camarera respecto a cómo se deben servir los gin-tonics de ginebra Hendrick's. Allí, por lo visto, no tienen noticia de que este aromático brebaje ha de acompañarse preferentemente de rodajas de pepino, y servirse en vaso ancho... J.M., que es quien había sugerido recalar allí, pide el libro de reclamaciones y consigue que nos cambien los vasos... Todo resulta un tanto desenfocado, irreal, y me alegra salir de nuevo a la noche madrileña y acompañar a J. al mercado de San Miguel, a donde va a buscar unos níscalos que necesita para un guiso que piensa preparar al día siguiente...

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En el que me despierta el canto de una urraca que, al parecer, se ha afincado en el jardincillo que tengo al pie de mi ventana. Es una especie de graznido impertinente, en tono de reproche. Levanto la persiana y veo al pájaro con su plumaje arlequinesco. Su elegancia parece un tanto fuera de lugar en este entorno suburbano, con un descampado y una ruidosa carretera como fondo. Pero agradezco su bienvenida y me pongo inmediatamente en marcha. Quiero recorrer una zona de Madrid que asocio a determinados episodios de mi novela en ciernes. Tomo el metro hasta la estación de la Latina y salgo a la plaza de la Cebada. La calle está apacible; tanto, que invita a andar despacio y con talante contemplativo. La zona apenas ha cambiado en los últimos veinticinco años. Quizá entonces -no sé, lo tengo que comprobar- el viejo teatro de La Latina estuviese cerrado y ruinoso, y en el solar que se extiendo junto al mercado se alzase el perfil de un polideportivo, que han debido de derribar no hace mucho. Entro en el mercado: con muchos puestos desocupados, y con el imponente espacio que definen sus cúpulas racionalistas encuadrando un cierto desamparo, que no parece desentonar del todo con la estética de los puestos de casquería (dos) ni con la desorganización general. En los primeros, por cierto, zarajos, entresijos y cabezas de cordero lechal: esos terribles manjares para pobres que tan bien parecen armonizar con el humor un tanto descarnado de esta ciudad.

De la Plaza de la Cebada a la de la Paja, bajando por la Costanilla de San Andrés. Al final de la misma, interpuestos entre la plaza y la calle Segovia, los jardines del Príncipe de Anglona, a los que probablemente les queda grande el nombre -son unos modestísimos jardines, más propios de una casona sevillana o granadina que de este austero barrio-, pero que constituyen un islote de paz y silencio en medio del ajetreo de la ciudad. Sólo se oyen los chasquidos de unas tijeras de podar, manejadas por un jardinero invisible, y el zureo de las palomas... Y caigo entonces en la cuenta de que es la segunda vez, en el curso de esta mañana, en la que reparo en el canto de los pájaros.

Habrá una tercera: el canto de los periquitos en Las Vistillas. Me dice J., para rebajar el posible exceso de lirismo de estas constataciones, que esos periquitos o cotorras son aves parasitarias en el delicado ecosistema madrileño, y que están causando la extinción de los gorriones... Sea. Desciendo la Cuesta de los Ciegos, en cuyo nombre aprecio una nota de crueldad, dado el esplendoroso panorama que desde aquí se contempla, y tomo una copa de anís, para calentar las entrañas, en un desabrido bar que me trae recuerdos ambiguos y que ocupa la esquina de la calle Segovia con Mazarredo. Caigo entonces en la cuenta de que apenas me separan del río unas decenas de metros, y de que, a pesar de haber rondado muchas veces estos parajes, nunca me he dignado a asomarme al modesto y digno Manzanares, que discurre allá abajo. Lo hago. Me parece estar en otra ciudad. En Sevilla, por ejemplo, la ciudad fluvial por excelencia. Una Sevilla que admitiese entre sus bellezas la de un espectacular palacio neoclásico y la menos lograda, pero en todo caso imponente, de una catedral híbrida y falsa, que parece responder más a los furores neocatecumenales de un tiempo de fe insegura que a las certeras seguridades de los siglos en los que se alzaron las verdaderas catedrales... Sigo hasta Plaza de España, hago una última comprobación en la calle de Martín de los Heros y tomo el metro en la estación de Ventura Rodríguez, de vuelta a casa.

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El domingo en el Rastro. Sin ánimo de comprar nada, ni siquiera libros ("Me estoy quitando", le digo a mi sorprendido acompañante). Unos caracoles en la calle de Toledo y unos callos en la Cava Baja. Un gin-tonic en la calle La Reina, para resarcirnos de la penosa impresión del otro día. Y una última copa en el café del Real, ésta ya por motivos profesionales: también forma parte este local de mi geografía sentimental; y, como no ha cambiado absolutamente nada en los últimos veinticinco años, pasar allí la tarde, discutiendo de lo divino y lo humano, constituye una auténtica experiencia de regresión... A casa cansado, pero satisfecho. A un escritor se le debería permitir dedicar su tiempo exclusivamente a estas constataciones. Y que el negociado correspondiente del Ministerio de Cultura (o del Interior, ahora que se ha librado de los toreros) corriera con los gastos. Digo yo.

2 comentarios:

José Luis Piquero dijo...

El primer paseo, en la calle del Viejo Idiota (Valle Inclán dixit). Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Pobre Echegaray, con su Nobel y todo.