martes, noviembre 23, 2010

COSA MENTALE

Posiblemente, nadie relacionaría un archivo público con un lugar de gozo. Y es muy probable que cualquier declaración que contradiga esta creencia redunde en demérito de quien la haga. En este mundo nuestro, donde las hazañas exteriores tienen tanto prestigio, la felicidad del hallazgo o de la mera gratificación de una curiosidad valen muy poco. Con todo, he de decirlo: esta mañana he sido inmensamente feliz durante las dos horas y media aproximadas que he pasado en el archivo de la Fundación Española del Ferrocarril. Un señor muy amable me ha puesto por delante una pila de tomos en los que había alguna posibilidad de que el solicitante (quien esto escribe) satisficiera alguna de las curiosidades que previamemente le había formulado. Tomos áridos, llenos de tablas, horarios, cuadrantes, datos técnicos. En los que encontré, sin embargo, no pocas confirmaciones de recuerdos borrosos, y no pocas incitaciones a nuevos recuerdos. El resultado: la concreción de un puñado de imágenes valiosísimas para mi propósito. Y la siembra de un puñado de dudas igualmente útiles. Por no mencionar, en fin, el valor intrínseco de este silencio estudioso, o la tácita comunidad de intereses establecida entre quienes aquí nos encontrábamos (entre los cuales no faltaba, en fin, un loco que hablaba solo), o la complicidad establecida con el bibliotecario, que dedicó esas dos horas de su trabajo a las mismas pesquisas y requisitorias que yo... Podría uno pasarse la vida en este ambiente, siempre y cuando se diera por sentado que esta existencia contemplativa es el reverso de esa otra vida más o menos inconsciente que retrospectivamente cobra valor gracias a la constatación de los detalles olvidados. Vida vivida doblemente, diríamos. Para qué, si no, escribe uno.

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Y luego, el almuerzo con esta amiga que es también una impagable fuente de datos. Al principio, se siente uno un tanto vampiro, por este afán de sonsacar experiencias ajenas. Pero pronto queda establecido que esas experiencias, las suyas y las que yo, humildemente, aporto al intercambio confidencial, no son exactamente nuestras, sino las propias de un momento histórico, de un estado de ánimo colectivo, de un sentir. Lo que, sin embargo, no nos absuelve de determinadas culpas. Pero acaso sirva de algo haberse criado en una cultura cristiana: aquí también la confesión redime del peso de las faltas cometidas.

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Acaso escribir, lo que se dice escribir, sea lo de menos. Es lo que decían aquellos pintores que, deseosos de ser absueltos de la tara de poseeer un oficio meramente artesanal, decían que lo suyo era cosa mentale. Lo es también lo mío. Pero hay que escribirlo, ay, además de sentirlo.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Espero que tu trabajo en Madrid te sea todo lo fructífico que se deduce de tu entrada. El ambiente estudioso de las bibliotecas de acceso restringido te atrapa por dentro, el tiempo se dilata y te ensimismas en algo que parece exclusivamente creado para tí.
Un fuerte abrazo desde Cádiz.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, José Miguel. Me agrada mucho tener noticias de los amigos y compañeros. Un abrazo.