lunes, noviembre 29, 2010

DE CONSAGRAR

Paso por delante de la sede del Instituto Cervantes, en la calle de Alcalá, donde se anuncia una exposición sobre "México ilustrado", es decir, sobre las artes gráficas en el país azteca. Y aunque, en principio, en esta estancia madrileña soy reacio a sacrificar horas de callejeo por visitas a exposiciones y museos, pienso que puede merecer la pena hacer una excepción, habida cuenta del nivel alcanzado por los impresores mexicanos a lo largo del siglo XX, y la influencia que sobre ellos tuvieron los exiliados españoles tras la Guerra Civil. Dicho y hecho: entro en la mencionada institución. Y me veo ante uno de esos arcos de detección de metales, y ante un hosco guardia de seguridad que me pide, con unos modales más bien inaceptables, que deje en una bandeja todos los objetos metálicos que lleve encima... Ya sé que no es éste el lugar para entonar la palinodia de los excesos a los que nos expone la actual paranoia sobre la seguridad en los lugares públicos. Transige uno con ella cuando no tiene más remedio: en un aeropuerto, por ejemplo, porque la alternativa es quedarse en tierra. Pero ante un acto tan puramente gratuito como es consagrar una parte de una mañana festiva a ver una exposición, las exigencias son otras. Le digo al guardia que no pienso vaciarme los bolsillos, y que, como no hay componenda posible, prefiero quedarme sin ver la exposición. No aguardo a ver qué cara pone: me doy la vuelta. Y mientras termino de descender la calle de Alcalá, en dirección a los mucho más acogedores tenderetes de libros de la cuesta Moyano, pienso en que el Instituto Cervantes, al fin y al cabo, no es la presidencia del Gobierno, ni el Congreso de los Diputados, ni el Pentágono. Y si la exigencia de seguridad consiste en ahorrarles riesgos a los visitantes, con más razón habría que implantar medidas de esa clase en cualquiera de las populosas cafeterías adyacentes, antes que en la propia sala de exposiciones, donde a la sazón no había un alma... Y se me ocurre entonces que, con esto de la seguridad, pasa lo que con los séquitos y escoltas de algunos hombres públicos: que muchas veces dependen del boato que el afectado quiera atribuirse, y no del riesgo real para su persona y la institución que representa. Bien haría el mencionado Instituto en gastarse los dineros en otras cosas, antes que en esos alardes de seguridad. Digo yo.

***

Eso fue el sábado. La noche anterior estuve en la Casa del Libro de la calle Hermosilla, presentando la novela de mi compañero de editorial Chesús Yuste. Un poco antes, di un paseo por los alrededores, es decir, por la muy exclusiva calle Serrano... Tampoco es uno partidario de la sociología fácil. Pero a veces las evidencias se imponen. Y no hay más remedio que constatar que el tipo humano que predomina en este barrio caro tiene poco que ver, pongo por caso, con el que se ve en Aluche, que es el honrado barrio obrero donde resido... Valga como ejemplo el tipo femenino, que es el que naturalmente absorbe mi atención, y más en estas semanas de melancólica soledad forzosa: aquí, en Serrano, predomina un tipo de mujer alta y extremadamente delgada, rubia casi siempre, bien vestida; en Aluche, en cambio, el tipo humano es diametralmente opuesto: mujeres menudas, de formas generosas, morenas, ataviadas con ropa barata de mercadillo o de rebajas... Abundan las inmigrantes de origen hispanoamericano, por lo que la belleza predominante podría relacionarse con la que ostentan artistas como Shakira o Jennifer López, mientras que las de las otras se parece a..., no sé... ¿Catherine Deneuve?. No es que un tipo de belleza sea superior al otro, o viceversa. Pero lo que está claro es la patente diferencia. Ante constataciones de esta clase, da uno algún crédito a La máquina del tiempo, la fábula siniestra de H. G. Wells, según la cual la diferencia entre clases sociales resultaría, con el tiempo, en una división de la humanidad en dos especies, los morlocks y los eloi, descendientes respectivamente de la clase obrera y de la burguesía.... Lo que no tengo claro, a diferencia de Wells, es cuál de éstas dos especies se convertiría en el depredador natural de la otra. Para Wells, ese vengativo papel recaería sobre los morlocks, por una especie de justicia histórica. Pero no: no me imagino yo a estas bellas princesas latinas, o a sus celosos acompañantes, con los que comparto la línea 5 del metro, asumiendo ese siniestro papel, que más bien correspondería a las vampíricas criaturas de Serrano. A los hechos me remito.

***

Tal vez por eso, para reconciliarme con la humanidad intermedia, dedico la mañana del domingo a dar un largo paseo que me lleva del Paseo de Oriente al barrio de Embajadores, y en el que me atengo exclusivamente a las calles menos concurridas. Sería demasiado largo anotar aquí los hitos de ese paseo, en el que constato otra realidad muy madrileña: la existencia de auténticas islas de calma y silencio en zonas en las que predomina, en las inmediaciones, un tráfago ensordecedor. Por ejemplo, la plaza del Conde de Barajas, casi al lado del muy concurrido y a veces inaccesible mercado de San Miguel: han puesto en esa plaza unos tenderetes (una veintena, aproximadamente) en los que venden cuadros. Los hay muy bonitos, y casi todos responden a una idea artesanal de la pintura que los "entendidos" de hoy despreciarían, por elemental y poco sofisticada. Llamo a mi amigo J.A.M., el pintor de Benaocaz, que anda organizando un mercadillo similar en su pueblo, y le describo el lugar en el que me encuentro y lo que en él sucede. No sé si aquí lo tienen más fácil. Supongo que el empeño de esos pintores de provincia es más puro y exigente, porque no se debe a una demanda más o menos previsible y permanente, como la del mercadillo que aquí tienen montado. Pero también es una suerte vivir y trabajar en una ciudad donde no hay empeño que no tenga su clientela. Claro que esto último, aplicado a la literatura, es una falacia: he conocido a escritores a los que el hecho de vivir en Madrid los ha convertido, si acaso, en autores más constreñidos a lo local, más limitados, más provincianos incluso que los que vivimos en el otro confín de la Península. Aunque acaso lo más prudente, a este respecto, sea no adelantar conclusiones.

***

Almuerzo con J. Y, después de las copas pertinentes, que nos llevan al filo del anochecer, damos un largo paseo desde Gran Vía al castizo barrio de Embajadores. La marea humana se adelgaza conforme nos vamos alejando de las calles céntricas. Y a la altura de las ruinas de las Escuelas Pías, antiguo refugio de yonquis y vagabundos, en la calle de Tribulete, la tétrica soledad de los barrios madrileños se nos echa encima. Tienen estas calles, sin embargo, una rara belleza, que se pone de manifiesto en su nomenclatura, en la fisonomía de sus comercios, en su capacidad de fagocitar para su tipismo incluso las novísimas oleadas foráneas que van monopolizando su comercio. Y mientras J., muy consciente de su papel de Virgilio en este peculiar Inferno, me va desgranando nombres y atributos de los distintos hitos del camino, anoto yo algunos de los que más me llaman la atención, o los que más eco tienen en mi memoria en trance de reactivación: el ya inexistente tabanco en el 21 de la calle Toledo, donde servían absenta; la mítica Bobia, en la calle San Millán (y que ahora, con otro nombre, es una cafetería insulsa); o la taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes, donde aún anuncian aquella especialidad de la casa que ya hace veinticinco años, cuando yo frecuentaba este lugar, me resultaba un tanto blasfema: el vino "de consagrar".

A las 1o J. se va a su trabajo nocturno y yo tomo el metro en la despoblada estación de Puerta de Toledo. Ha sido un día provechoso, qué duda cabe. Y estoy agotado.

4 comentarios:

Raúl dijo...

Era hoy de lo de tu presentación en Madrid, creo. En ese caso, toda la suerte del mundo, amigo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muchas gracias, Raúl.

José Ramón Ripoll dijo...

Siento mucho no haber podido asistir a tu presentación. Parece que estaba de ley que no fuera, pero no me encuentro muy bien esta tarde. Tengo trancazo. Créeme: he salido a buscar un taxi para ir, pero he tenido que volver a casa por el frío que hacía y el constipado que tengo. Además, estas cosas no son buenas para mi cuore. Otra vez será. Espero que fútbol no te hay quitado público y que todo hata salido tan bien como se merece. Discúlpame.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Siento lo de ese catarro, José Ramón. No te preocupes, estás disculpado y te agradezco tu interés por acompañarme en este acto. Que salió mucho mejor de lo que esperaba. En el blog lo cuento. Un abrazo.