miércoles, noviembre 17, 2010

EXPRESOS

La antigua estación de Delicias, ahora convertida en Museo del Ferrocarril, es idéntica a la estación vieja de Cádiz; sólo que la han conservado tal cual era y no ha pasado por la ignominia de una "rehabilitación". Paseo por sus andenes y es como cuando lo hacía de niño por los de la ya inexistente estación de mi ciudad, reducida ahora a mera carcasa. También un museo es una carcasa. Pero estos museos industriales, con sus grandes espacios abiertos y con esa afluencia de público (niños y viejos, sobre todo) que les garantiza una ciudad tan dinámica como Madrid, nunca se resienten tanto de su condición como los museos encerrados en un edificio. Venía yo aquí con la esperanza de encontrar uno de aquellos trenes expresos que dejaron de utilizarse hace apenas veinte años, pero que ya entonces parecían cosa del pasado. Pero no tengo suerte: a lo sumo, alguna máquina más o menos coetánea, y un cierto aire de familia en el vagón, más antiguo y lujoso, que han habilitado como cafetería del propio museo (y del que emana un muy oportuno olor a café recién hecho, creo que algo mejor que el brebaje que se bebía y se bebe en los trenes verdaderos). Pregunto al encargado de la taquilla si tienen un archivo que se pueda consultar. Y me remite a las oficinas, donde, después de sembrar no poca inquietud entre los empleados, no muy acostumbrados a los requerimientos inoportunos, me muestran unas fotos digitalizadas, siempre de reliquias ferroviarias y de trenes lujosos, y no de los que la gente normal usaba en el país pobre y deslavazado que fuimos hasta anteayer -y que parece que volveremos a ser, ay, pero sin esos vestigios decimonónicos-. Hasta la empleada reconoce esa carencia. Tomo nota de una página web que me aconseja consultar y de la dirección de otro archivo público que podría serme de ayuda. Y salgo de allí con el corazón encogido por la certeza de que lo verdaderamente irrecuperable no es el pasado remoto, arqueológico, sino el meramente vivido, sobre cuyas ruinas hemos tenido que edificar el precario presente. Sin que nadie se ocupara de guardar las reliquias de lo que tanta prisa teníamos en destruir.

***

En la conferencia de este escritor amigo, en una prestigiosa universidad católica madrileña. Entre el público, una veintena de alumnas. La conferencia tiene un tono bienhumorado y las muchachas ríen cuando la anécdota o la oportuna inflexión irónica lo exigen. La que tengo a mi lado, en concreto, emite una especie de gemidos que pueden interpretarse como signos de asentimiento y simpatía, lo que ya es mucho, sobre todo teniendo en cuenta que, para apreciar esta especie de revisión crítica de la historia oficial de la literatura española, primero hay que conocer esa historia, y tener alguna base para juzgar las razones de la discrepancia, y quizá eso sea mucho abarcar para una persona de apenas veinte años... Me digo que deben de estar bien aleccionadas, y quizá la ideología de esta universidad no sea del todo ajena a la defensa de ese ideal revisionista (en el que, pese a todo, encuentro muchas ideas atinadas). Las chicas, además de reír oportunamente, toman abundantes notas. Pero algo falla. Y entonces me doy cuenta de que la muchacha que tengo a mi lado, además de estar muy pendiente de la pantallita de un teléfono móvil, y de teclear de vez en cuando algo en él (lo que, después de todo, parecía simultanear muy bien con el seguimiento de la conferencia), mantiene un diálogo por escrito con la compañera que tiene a su derecha, y las notas afanosas que la he visto tomar no eran sino comentarios jocosos dirigidos a su interlocutora, y que ésta también contesta. Una utiliza un bolígrafo verde, la otra uno negro. Y caigo entonces en la cuenta de que los gemidos que antes tomé por muestras de sintonía con el humor del conferenciante no eran sino risas ahogadas, motivadas por el diálogo jocoso que mantienen las dos... Nada de esto, por supuesto, va en detrimento del valor intrínseco de la charla, que es brillante, y que me da que pensar. Pero, incluso en el caso de que estas muchachas pudieran estar verdaderamente interesadas por la historia y crítica de la literatura española, una cosa es evidente: en ese recorrido no hay atajos. Tendrán que apechugar, primero, con lo que dicen sus manuales. Y luego, si acaso, discreparán. Y de poco sirve intentar ahorrarles parte del esfuerzo.

***

Compra un montón de plátanos verdes, de ésos que se consumen fritos en la cocina hispanoamericana. La dependienta china se los va pesando y le va diciendo el precio total: dos euros, dos con cincuenta, tres... El comprador añade un par de plátanos más. Tres cincuenta. "Ya no me llega", le dice a su compañero. "Quita los últimos que has puesto". Pero se había equivocado al contar las monedas que tenía en la mano, y al final puede saldar la cuenta, y hasta le sobra: llevaba dos monedas de dos euros.

No hay comentarios: