viernes, noviembre 19, 2010

LA RISA DE ORY

Recuerdo la anécdota con bastante precisión, aunque no acierto a ubicarla en el tiempo: tal vez a mediados de los ochenta. El poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory impartía un “taller de poesía” en una conocida institución local. Era numeroso el público allí congregado; en todo caso, más de lo acostumbrado, incluso entonces, cuando todavía no recaía sobre esta clase de actos esa tristeza medular que ahora parece afectar a todo lo relacionado con la cultura. Entonces no: entonces, recién estrenada la democracia y más o menos intactas las ilusiones que ésta suscitaba, los llamados “actos culturales” mantenían su condición de convocatoria cívica a la que se acudía con ánimo de goce.

En esa ocasión, ya digo, oficiaba Ory. Y en un momento de su charla animó a los concurrentes a decir un verso que recordaran. Siempre he pensado que estos ingenuos juegos literarios que se le ocurrían al poeta escondían una cierta retranca. No se trataba, creo, de suscitar emociones simples, sino de obligar al público a constatar la insuficiencia de ese ánimo sentimental en el que se incurre fácilmente cuando nos ponemos a hablar de poesía.

El caso es que empezamos a decir nuestros versos. Los había realmente muy bien traídos, los había cursis, los había malintencionados incluso. Ory asentía a algunos, apostillaba a otros; pero, en todo caso, se las arreglaba para convertir toda aquella ganga en un fluido vivaz e ingenioso, que nos recordaba que esos versos más o menos muertos fueron alguna vez palabra viva en labios de alguien. Tal vez ésa era su intención.

El caso es que me llegó el turno. Yo era muy tímido entonces; y, con el exceso de autoconciencia del veinteañero que quiere a toda costa reafirmarse, sopesé mis opciones: no sabía si pronunciar un verso que me gustara mucho a mí o uno que desconcertara al poeta oficiante… Me salió éste: “Ínclitas razas ubérrimas…”. Supongo que las rotundas palabras de Rubén Darío sonarían más bien titubeantes en el divertido silencio en el que transcurría el juego. Ory tuvo una reacción que yo no esperaba: soltó una sonora carcajada. No creo que se estuviera riendo del maestro nicaragüense, al que trató su padre, el también poeta Eduardo de Ory, y cuyo ejemplo fue determinante en la formación del excelente oído musical del hijo. Tampoco creo, en fin, que se riera de mi timidez, que más bien se esfumó ante aquella explosión jovial. Se reía… no sé; quizá del efecto de los años sobre esos versos poderosos y huecos al mismo tiempo; o de la falsa solemnidad de la que se reviste a veces a la poesía, que debería ser algo tan necesario y cotidiano como el propio idioma del que surge… Desde entonces, yo mismo me he reído así de muchas cosas que parecían sublimes. Es la mejor lección que debo al poeta gaditano, fallecido hace unos días en su casa francesa. Descanse en paz.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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