jueves, noviembre 11, 2010

LENTEJAS CON FOIE

El paseo de hoy termina en el bar del NH del Paseo del Prado, donde el amigo J, y yo degustamos unas lentejas con foie y unas manitas de cerdo con sepia... Un capricho dentro de nuestra frugalidad, pues estos paseos consisten principalmente en largas caminatas donde se habla de todo y se deja volar la memoria hasta que aflora lo más insospechado. Esta estancia en Madrid es, sobre todo, una experiencia de regresión, apoyada en lugares, nombres, perspectivas. Y, sobre todo, contrastes. Qué lejos estas lentejas con foie de, pongo por caso, las tortillas con salsa brava para cinco con las que nos dábamos por cenados en el Callejón del Gato, hace veinticinco años... Por la mañana había escrito cinco folios a un espacio, el equivalente a unas doce páginas impresas... Me asusta esta facilidad, que no es tal, sino mera afluencia de datos, escenas y personajes largamente premeditados. No volveré de Madrid con una novela acabada, sino con una deuda contraída, que habrá que satisfacer a lo largo de muchos meses. Entonces vendrá lo difícil.

***
A la vuelta, me critica J. por mi presunta devoción, dice, hacia el columnista A., al que yo leo en su periódico y él oye en la radio. Dice J. (y yo lo creo) que en las tertulias radiofónicas A. no dice más que simplezas. Y yo le digo que eso es comprensible, y que no hay ninguna correlación entre el acto de razonar bien por escrito y el de defender un papel en una tertulia. Se puede hacer muy bien lo primero y muy mal lo segundo, como es el caso. ¿Que por qué se emperra un escritor competente en hacer lo que no sabe? Ésa es la cuestión. Tal vez porque añora el aplauso que no le deparan sus columnas. O tal vez porque, cuando se critica a un extremo, uno se gana frecuentemente la admiración del otro, y es más difícil prescindir de estas adhesiones sobrevenidas que haberse labrado previamente la hostilidad de los detractores naturales de uno. Digo yo. Que. como no tengo ni detractores ni admiradores, sobrevenidos o no, de estas cosas no hablo más que de oídas.
***
Previamente, J. me lleva a una relojería de la calle Serrano, a la que ha confiado un hermoso reloj de pulsera comprado a un anticuario, con la pretensión de que esa relojería certifique la autenticidad de la pieza. Nos atiende un hombre pálido y estirado, de apariencia metódica. El reloj ha sido enviado a Suiza (ha hecho dos veces el viaje, puesto que la primera vez volvió con la corona suelta) y allí han dictaminado que la maquinaria sí es original, pero que la caja es "nacional"; es decir, que el reloj es una especie de imitación, explicable por las leyes arancelarias de la época, que ponían trabas a la importación de relojes, pero no a la de piezas sueltas, lo que favorecía la creación de estos híbridos. Esta complicada gestión no le ha costado nada a mi amigo: la casa sólo presupuesta la reparación de relojes originales. Salgo de allí admirado, no sólo del ojo clínico de J., que no se engañaba sobre la valía de la pieza, sino de la probidad de la marca, que tan exacta memoria guarda de su trayectoria y sus productos. Uno, que se conforma con que un reloj dé la hora, no tiene tantas pretensiones al respecto. Pero reconozco la belleza de estos trajines, y agradezco a mi amigo que me haya hecho partícipe de este pequeño capricho suyo, de tan largo recorrido.
***

Las putas de Montera. Todavía no hace frío, pero uno las imagina siempre ateridas. Debe de ser por lo exiguo de los vestidos, y por el gesto característico de esperar con los brazos cruzados.

No hay comentarios: