jueves, noviembre 04, 2010

MENOR DE VEINTICINCO

Llamar "documentación" a lo que estoy haciendo sería sin duda muy excesivo. Utilizo la prensa del periodo sobre el que pretendo escribir, sí, pero sólo a modo de acicate de la memoria: la ojeo (la hojeo) y dejo que la mente divague y me vaya trayendo ocurrencias, recuerdos, personajes, reacciones, comentarios, etc., que tengan que ver con la historia que tengo entre manos, y respecto a la cual las cuestiones documentales no pueden ser más que un fondo lejano, difuso, porque, de lo contrario, el resultado de mi trabajo se parecería a una mera novelización de los hechos, o a ese antipático ejercicio de Historia ilustrada que lleva a cabo la serie de televisión Cuéntame (de la que, por cierto, sorprendí ayer el rodaje de una escena en plena calle).

Nada más inapropiado a mis propósitos, por tanto, que lo que pude hacer ayer en la hemeroteca municipal de Madrid. Su sede está en obras, por lo que han habilitado unas instalaciones provisionales en una especie de casetas prefabricadas. La precariedad de la instalación y la consiguiente incomodidad ya son por sí mismas incompatibles con el relajado ritual en torno a la memoria del que hablaba antes. Pero peor aún es la materialidad de la consulta, que no puede hacerse sobre periódicos impresos, ya que sólo están disponibles los fondos microfilmados. Y apenas llevo una hora ante la pantalla, visualizando imágenes y letras en negativo, cuando mi vista de présbice se da por vencida. Ahora entiendo por qué los tesinandos han de ser preferiblemente jóvenes, contra la evidencia de que la capacidad de relación que exige un trabajo de esa clase no se desarrolla hasta mucho después: para estar a la altura de los esfuerzos que exige una tesis doctoral hay que disfrutar de unos ojos incansables. Y ése no es mi caso.

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Por eso, para aprovechar que estoy en el centro, me voy al Prado, a ver la exposición temporal de Renoir que tienen allí. El Impresionismo en pintura, como el Modernismo en literatura, es uno de los periodos que más me interesan, quizá porque ofrece un ejemplo práctico de cómo mantener la vigencia del empeño artístico cuando se ha perdido la fe en las convenciones y técnicas del pasado, devenidas meramente "académicas". Un paso más y estamos en la Vanguardia, es decir, en el caos. Pero a lo que iba: de todos modos, cuando el Prado ofrece su espacio a un pintor que se sale del ámbito temporal al que este museo está consagrado, siempre teme uno que éste salga perdiendo en la comparación... Paso junto a las salas dedicadas a Velázquez, a los venecianos: ¿qué hace el pobre Renoir, tan suelto, tan decorativo, tan ligero, al lado de estas pinturas macizas, imponentes, que parecen contener cada una un mundo, y no ser solamente una tela pintada?

Renoir, pese a todo, no me decepciona. O lo hace sólo en la medida en que intenta ser académico, como en sus últimos cuadros, esos desnudos que parecen (algunos, no todos) maniquíes o muñecas de cera. Pero hay otros (cierto amanecer resuelto a brochazos, cuando el pintor confiaba plenamente en que el cuadro terminaría de resolverse y mezclarse en el cerebro del espectador; o cierto retrato de adolescente, lleno de vivacidad, o ciertos paisajes asimétricos, antipictóricos, que parecen decirnos que la realidad no posa, no se ordena según esquemas compositivos, y simplemente "está ahí"), hay otros, decía, que bien justifican las largas colas y la visita masificada.

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Pero lo que yo quería anotar (se nota que tengo tiempo, y por eso me explayo) es el segundo recordatorio de mi edad que he padecido en una misma jornada. Como al entrar en el museo vi que se anunciaba un descuento a los visitantes "debidamente acreditados", y uno anda haciendo economías, entendí que la tal acreditación bien podía referirse a mi carné de estudiante, que lo tengo, porque aún lo soy de doctorado en la UCA... Muestro el documento, muy bien hecho, con foto del interesado y textura de tarjeta bancaria... Y la joven y hermosa señorita que atiende el mostrador me dice que el descuento por tener carné de estudiante sólo se aplica a menores de veinticinco años. Ya sé que ni un ciego me atribuiría esa tierna edad, pero... En fin, como no anda uno falto de carnés y tarjetas, le enseño a la muchacha el documento casero que me hicieron hace un año en el instituto, y con el que un profesor puede identificarse cuando acompaña a sus alumnos en una excursión, por ejemplo. No es un documento homologado, y cualquiera podría diseñar uno igual con un procesador de textos y una impresora. Pero la chica lo da por bueno. Tanto, que ni siquiera me hace pagar la tarifa reducida. Entro de gorra, en fin. Y es entonces cuando caigo en la cuenta de que la función del trámite de entrada que acabo de pasar no era tanto hacer pagar a cada visitante según su condición y posibilidades, como ahuyentar las falsas expectativas que éstos puedan tener respecto a sí mismos. A lo mejor así el arte se asimila mejor.

4 comentarios:

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

Noviembre en Madrid: todo un lujazo, espero que te sirva para seguir tan magnífico como con Vida Nueva, que ya he podido terminar y me ha encantado.
Saludos,
Esperanza

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, E. Eres una de las primeras lectoras que me dice algo del libro, así que doblemente agradecido.

Sara dijo...

Yo voy mucho más atrasada, pero me han gustado mucho los relatos de la colección 'El sexteto de Madrid y otros cuentos'. Ahora, 'Vacaciones de invierno'... Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegra que te hayan gustado esos cuentos, que algo tienen que ver con lo que persigo ahora.