sábado, noviembre 06, 2010

ORO

Ya que son tantos quienes se arrogan la capacidad de predecir cuándo será el final de la crisis, o cuáles serán los indicadores que señalarán ese momento portentoso, no creo del todo inapropiado echar yo también mis cartas en el asunto. Podremos estar seguros de que la crisis habrá terminado, me atrevo a diagnosticar, cuando cierren todas las tiendas de compraventa de oro que menudean ahora en el centro de nuestras ciudades. No es que tenga yo nada contra ese negocio, que imagino perfectamente legal y respetable. Sólo que tiene uno sus, digamos, inclinaciones estéticas, y son éstas las que me llevan a postular que ese tráfico de objetos preciosos no debería haber abandonado nunca las covachas del usurero o la fría pulcritud burocrática del monte de piedad, que eran sus territorios naturales, para salir a la luz de las calles céntricas y comerciales. Ni tampoco debería haber cambiado su clientela de siempre –caballeros calaveras, hijos de buena familia arruinados, damas de la alta sociedad que empeñaban una joya para silenciar a un malvado que amenazaba con arrebatarles la honra– por la triste parroquia que uno imagina ahora haciendo cola ante sus mostradores: parados, viejos, amas de casa, dispuestos todos ellos a vender lo poco valioso que poseen para pagar con lo obtenido un plazo de una hipoteca o comer caliente una semana más.

Esta circulación del oro por el mundo dicen algunos que equivale a la de la sangre por los cuerpos: es signo de vida. Aunque hay también filosofías que igualan el oro al excremento, y que interpretan el afán de acumularlo como una manifestación sublimada del extraño reflejo que lleva a algunos a mantener bien apretados sus esfínteres, a la espera de un placentero momento de desahogo que nunca llega. Y, por lo mismo que hay quien enferma de tanto aplazar ese instante, también hay quien mantiene una relación morbosa con el preciado metal amarillo, del que nunca quisieran desprenderse. Hasta los niños reconocen la similitud: la estampa del tío Gilito nadando sobre su montaña de monedas se parece mucho a la de un cerdo revolcándose en su inmundicia.

Por eso anda uno por la calle y tiene la sensación de estar asistiendo a un tráfico obsceno. Movido por la curiosidad, atisba uno el interior de esas tiendas acristaladas, tras cuyo mostrador espera uno encontrar a un viejo encorvado que se frota las manos mientras espera a su clientela. Yo no sé ustedes: yo nunca he visto a ninguno de esos presuntos clientes. De que existen da fe la proliferación de establecimientos del ramo. Pero seguramente eligen una hora más discreta para hacer sus transacciones, o entran directamente por la puerta de atrás. Como hacían, en fin, los señoritos calaveras, los vástagos de buenas familias arruinadas, las damas en apuros. La pobreza es siempre un melodrama. Y hace llorar.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

No hay comentarios: