martes, noviembre 30, 2010

PAUSA Y FINAL

Hago una pausa en mi trabajo matinal -escribo esto en la mañana del lunes 29- para anotar que está nevando. Debería molestarme esta nueva contrariedad, que se une a las muchas que me hacen presagiar que en la presentación de esta tarde seremos cuatro gatos. Pero no: ver caer los copos de nieve, visibles contra el fondo verde y dorado que aporta la arboleda de castaños, chopos y algún que otro pino que tengo frente a mi ventana, en este barrio disperso, es un regalo que me quiere hacer el azar, para que mi última jornada completa en Madrid destaque, no por los nervios y las expectativas más o menos incumplidas que acarrea siempre la pública exhibición del trabajo propio, sino por esta nota melancólica y silenciosa, que cae sobre mi ánimo como un bálsamo, y me recuerda que, pese a la soledad patente y a lo mucho que he echado de menos a los míos, he disfrutado del privilegio de poder dedicarme durante unas semanas a un único propósito libremente elegido. Que he paseado hasta agotarme, departido largamente con amigos hasta exprimir ciertos detalles de esa memoria impersonal que forzosamente compartimos con otros, y que a veces requiere del concurso de los otros para concretarse; que he disfrutado de la paz laboriosa de los archivos que no visita casi nadie y del tráfago de la multitud; que he tenido tiempo de escribir unas decenas de cuartillas, de mantener este "Cuaderno de Madrid", que hoy cierro, de pergeñar incluso algún poema. También la lenta enumeración de estas vivencias tiene un efecto balsámico, confortador, como la propia caída de la nieve. Y, en todo caso, éstas son las impresiones que deben prevalecer -y el agradecimiento a algunas personas-, antes que el siempre insatisfecho balance del acto literario que me queda por solventar.

He quedado a las seis con L.M.D., mi presentador, para discutir los detalles del acto. Ahora, unas horas antes de la cita, sólo se me ocurre desear que esta nieve tenue de las ciudades, que casi nunca cuaja, me roce el hombro esta tarde y me otorgue su bendición. No para la literatura, que no importa, sino para el viaje de regreso.

***

Escribo esto ahora pasadas las once, ya de vuelta a casa después del acto. Que ha salido bastante bien, después de todo, a pesar de la nevada y del fútbol y de ser lunes y de tantos otros inconvenientes. Nos congregamos una veintena aproximada de personas: familiares, amigos, algunos escritores amigos también; incluso algunas personas a las que no conocía, lo que, en estas circunstancias, es todo un logro. La presentación de L.M.D., extraordinaria, no tanto por lo halagadora, como por revelar una lectura atentísima de mi novelilla. Y yo, en el ambiente cuasi conspirativo sugerido por el local -la trastienda de una librería-, casi no tuve que mirar mis notas y monologué a gusto sobre mis propósitos, mis fuentes, mis recuerdos del tiempo novelado. Todo salió aceptablemente bien. De lo que se deduce: a) no hay que ser derrotista (ya me lo dice mi mujer); y b) no hay que adelantarse nunca a los acontecimientos, por más que llueva o truene.

***

En el metro. Miro a esa muchacha y, al mismo tiempo, veo a otro hombre que la mira y, a su vez, se percata de que yo la miro también, mientras la muchacha se da cuenta de que los dos la miramos, y de la extraña semejanza que tenemos los dos: ambos rondamos la cincuentena, ambos lucimos, con la coquetería de los viejos, una incierta barbita cana, ambos llevamos bufanda a cuadros y gorrito de pescador... Llega un momento, en fin, en que los tres nos sumimos en nuestros propios asuntos y nos desentendemos de este lamentable juego. En el que, indudablemente, ha triunfado la muchacha: sana, fuerte, hermosa, segura de sí misma y vagamente desafiante de los elementos, en su ropa ceñida y algo desabrigada. Y que es la única que no ha tenido que sacar un libro para pensar en otra cosa.

4 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

El metro es como un museo, aunque ir todos los días al museo acaba aburriéndonos y dejamos de mirar. Por eso hay cosas que sólo se viven desde la novedad o desde la foranidad.
Saludos.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Felicidades, José Manuel por tus andanzas madrileñas, y feliz regreso.
Un abrazo.

Mery dijo...

Me alegra saber que la presentación fuera un éxito y que la fluidez de tu pluma saliera a relucir también por tu boca.
Me hubiera gustado mucho mucho asistir a la calle Tutor, pero salí tarde y en estos madriles es imposible llegar a tiempo a ciertas horas.

Tu párrafo final es una joya.
A mi en el metro se me ocurren miles de observaciones, miles de historias inspiradas por los que me rodean. Has sacado buen provecho de este viaje y me encanta.
Enhorabuena de nuevo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Luis, por la visita, que devuelvo ahora mismo. José Miguel, ya te cuento. Y Mery: lo importante es que el libro tenga alguna vidilla, y para eso ya sé que cuento con tu demostrado interés en mis cosas. Saludos a todos.