viernes, noviembre 12, 2010

PREEMINENCIAS

La vida cambia y a veces es difícil encontrar argumentos para oponerse a los cambios, aunque la memoria sentimental de uno no termine de encajarlos. ¿Que la ley ha decidido zanjar la algo espinosa cuestión de la primacía del apellido paterno sobre el materno, y ha dictaminado que, a falta de indicaciones precisas por parte de los padres, sus apellidos figurarán por orden alfabético en la inscripción del recién nacido? Miel sobre hojuelas, porque resultaba difícil no asociar la costumbre abolida a resabios que hoy nos parecen reprobables. La única reserva que me planteo al respecto es de orden, digamos, lingüístico: tal como se ha formulado hasta ahora, el conjunto de nombre y apellidos entrañaba un significado. Si yo le revelo a alguien que me llamo “José Manuel Benítez Ariza”, no sólo le estoy transmitiendo el conjunto de letras o fonemas que uso para identificarme, sino que, además, le estoy comunicando, según las costumbres vigentes cuando me impusieron ese nombre y esos apellidos, que los he tomado de una nomenclatura que usan normalmente los hablantes de lengua española, que es un nombre de varón, que se inscribe en una tradición cultural en la que los nombres de las personas suelen tomarse del santoral, y que mi padre se apellida “Benítez” y mi madre “Ariza” (a no ser, claro, que en el momento de serme impuesto esos apellidos me afectara algunas de las excepciones que también la ley de entonces hacía al respecto). No digo que esos datos sean imprescindibles, pero el caso es que están implícitos en el nombre que uso, y así lo entiende la mayoría de las personas a cuyo conocimiento pueda llegar.

El tiempo ha ido aligerando esta carga semántica. En una noticia del año ochenta y seis que he leído por casualidad estos días, un juez de entonces negaba a un padre el derecho a llamar “Lenin” a su hijo. Hoy sería posible ese nombre, como ya lo son otros como Kevin o Elisabeth; con lo que la doble premisa de que el nombre pertenezca al ámbito cultural español y al santoral (bueno, depende de qué santoral: Lenin debe de ser un santo para quienes visitan su mausoleo) ha quedado eliminada. Algún nombre habrá ya por ahí que sirva lo mismo para hombre que para mujer. Y en cuanto a los apellidos, no quiere uno pensar en las complicaciones que tendrán los futuros genealogistas para rastrear los ancestros de sus clientes.

Yo sé que mi abuelo fue Benítez, como lo fue mi bisabuelo, etc. Para establecer esa cadena, muchos apellidos de mujeres han quedado postergados, y eso es injusto. A cambio, yo le encuentro alguna utilidad a mi nombre: me permite saber algo de mí, dónde he nacido, quiénes fueron mis ancestros masculinos. La nueva norma difumina todo esto en aras de la equidad. Bienvenida sea. Pero acaso hayan quedado difuminadas muchas otras cosas, además de la preeminencia masculina.

Publicado el martes en Diario de Cádiz