lunes, noviembre 22, 2010

TRANSGRESIONES

Quizá lo que más me ha llamado la atención de La red social, la película poco complaciente que han hecho sobre el artífice de Facebook, sea que presenta hechos acaecidos ayer, como quien dice (en 2003-2004, concretamente) como si hubieran sucedido hace décadas. El efecto distanciador se debe, en parte, al tratamiento fotográfico -predominio de tonalidades neutras, de una luz casi sepia, de nocturnidad e interiores-, y también a lo rápido que pasa el tiempo en ese mundillo de la innovación tecnológica; pero, sobre todo, a que la película retrata muy bien un ambiente, como lo es el estudiantil, por el que casi no pasa el tiempo: esa ranciedad característica de los colegios mayores, de los bares oscuros y ruidosos donde se concentra el muchacherío, de las habitaciones insomnes donde se estudia, se fuma, se bebe o se pierde el tiempo. Es lo mejor de la película, lo que prima sobre cualquier otro valor que se le quiera encontrar. Y contribuye poderosamente a su mensaje: ¿no estaremos todos los usuarios de Facebook siendo víctimas de una de esas agrias gamberradas urdidas por una mente aburrida en una habitación de colegio mayor?

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O tal vez era yo el que estaba bajo los efectos de mis recientes merodeos por la universidad madrileña, tanto la privada -dejé algo anotado al respecto el otro día-, con sus crucifijos y sus maravillosas niñas malcriadas, como la pública, que aquí en Madrid presenta un aspecto preocupantemente ruinoso, con sus tristes fachadas de ladrillo visto recubiertas de pintadas absurdas, sus ventanas herrumbrosas, sus pretenciosos atrios porticados, con esa monumentalidad un poco siniestra de los edificios construidos bajo los auspicios de un régimen o un tiempo totalitarios (y que ahora, en fin, que vamos perdiendo el recuerdo de nuestro pasado fascista, recuerdan más bien a la arquitectura del otro lado del Telón de Acero...). Desde luego, si uno viene aquí, como es mi caso, a intentar una especie de experiencia de regresión, éste es el lugar adecuado. Almuerzo (muy bien, por cierto, y por un precio casi irrisorio) en la cantina de una de las facultades más antiguas del campus. La jovial camarera me trata como si yo fuera un joven estudiante de provincias o uno de esos "agregados a tiempo parcial" (lo he sido, ay, en mi universidad) que parecen aun más timoratos y despistados que los propios estudiantes. En otra cafetería me regañan un tanto expeditivamente por acercarme a la barra a pedir mi consumición sin haber previamente adquirido el correspondiente tique. También me asombra un poco la facilidad con la que un extraño puede deambular libremente por lugares que se suponen vedados. En el almuerzo antes aludido, me extravié buscando un retrete y acabé en un pasillo en cuyas puertas se anunciaban "bancos de tejidos" y otros horrores. Paseo con esa misma impunidad por otros edificios, mientras espero a mi anfitrión, J., que está impartiendo una clase. En el intervalo tiene lugar el impresionante crepúsculo madrileño sobre la inmediata Casa de Campo. Lo contemplo desde ese "pinarcillo junto a la Facultad de Letras" en el que Gil de Biedma situó su poema "Peeping Tom". Busco trazas de alguna escena similar a la descrita en el poema. Pero no, no hay envoltorios de preservativos ni ningún desecho de ese estilo, y sí muchos grajos y alguna que otra urraca hurgando entre la pinaza. Trato de imaginar aquí a mis personajes. Casi creo verlos. Es más, los estoy viendo, porque el desaliño, el aire inconsecuente, la mezcla de desamparo y fatuidad de estos estudiantes es la misma que la de aquellos otros. Siento una extraña emoción, que me oprime el pecho. Y me consuelo -eso fue el jueves- pensando que al día siguiente llegan C. y M.A.

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Que, tras el concierto de la cantante famosa que ha motivado el viaje de mi hija, necesitan urgentemente un lugar donde reponer fuerzas. Encontramos un restaurante a punto de cerrar. Donde una de las hambrientas melómanas (no es C., ni M.A.) pide... un cocido, a la una de la madrugada. Los miembros masculinos del grupo, que no hemos ido al concierto, y que ya habíamos cenado, la contemplamos primero con escepticismo, luego con horror, y finalmente... con envidia. Acabamos todos compartiendo el sabroso guisote. Y ése es, quizá, después de un largo recorrido por garitos de distinto pelaje, el acto más transgresor de la noche.

2 comentarios:

Las esquinas del día dijo...

No deja de ser curiosa esa asociación de la Ciudad Universitaria (y lo mismo sucede con los Nuevos Ministerios)a la arquitectura fascista.
Copio un texto de Madripedia que aclara algo el asunto:

Con la llegada al poder de la Segunda República en 1931, el 22 de octubre, se promulgó la Ley de la Ciudad Universitaria, respetando en la práctica el decreto de fundación de la Junta, siendo suprimidos los cargos políticos, sin embargo todo el equipo técnico, con López Otero al frente, fue ratificado.

Las obras continuaron sin grandes cambios y en Octubre de 1936, centenario del traslado a Madrid de la Complutense, estaba previsto inaugurar las facultades de Filosofía y Letras y la de Farmacia, así como la Escuela de Arquitectura, algunos campos de deporte y residencias de estudiantes. Mediado el año 1936, estaban prácticamente terminados la Facultad de Medicina, el Clínico y la Escuela de Odontología, las secciones de Física y Química de la Facultad de Ciencias estaban muy avanzadas. Las obras continuaron hasta el inicio de la Guerra Civil que sorprendió a López Otero en San Sebastián, siendo reemplazado por el arquitecto Sánchez Arcas.


MADRIPEDIA

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Esperaba esa objeción; entre otras cosas, porque habría que ser muy ignorante para no saber que la Ciudad Universitaria, que fue campo de batalla en la Guerra Civil, es anterior al franquismo. Pero hay un ramalazo totalitario en toda la arquitectura de los años treinta, con contadas excepciones (algunas cosas de la Bauhaus, por ejemplo). Por eso hice la distinción "régimen o tiempo totalitarios". Espero que se me comprenda, haciendo todas las salvedades que se quiera respecto a mi subjetividad. De todos modos, bienvenida la aclaración.